El pasado jueves 6 de julio en la edición segoviana de El Norte de Castilla el periodista Carlos Álvaro publicó una reseña sobre Cayo es mortal.
Aquí la tenéis, unos días después de su publicación.
Llorar duele, pero también
libera
El autor (d) con su hijo Tatán Saiz Lobo, hace unos años / El Norte
El escritor Juan
Andrés Saiz Garrido publica ‘Cayo es mortal’, un libro dedicado a Tatán, su
hijo fallecido hace cinco añosCARLOS
ÁLVAROSegoviaJueves, 6 julio
2017, 14:14
«Lloré mucho escribiendo
este libro, mucho, mucho, mucho…; y llorar duele, pero
también libera. A veces, el llanto es satisfactorio, no de
felicidad, pero sí de desahogo. Cuando a una persona se le muere un hijo…, hace
algo para respirar o de lo contrario… Quiero decir que el pintor pinta un
cuadro; el músico compone una sinfonía; el poeta escribe versos… De alguna
forma hay que exteriorizarlo». No ha sido fácil para Juan Andrés Saiz Garrido (El Espinar, 1951)
escribir sobre la muerte de su adorado Tatán, segundo de sus cuatro hijos, pero
el resultado es una delicia. Contra lo que pudiera pensarse, ‘Cayo es mortal’(Isla del Náufrago) no es un baño de
lágrimas, sino una lección de vida y humanidad, un compendio de enseñanzas y
valores que abre la puerta a la esperanza, a la certeza de que un mundo mejor
es posible. «Los que somos padres procuramos inculcar valores nobles a nuestros
hijos. Les decimos: haced lo que queráis, pero por el camino de la bondad,
reflexiona el autor. Tantán Saiz Lobo, un joven agente forestal lleno de
vida y proyectos, comienza a sentir dolores en el pecho al regreso de un viaje
a Bolivia. Después de un sinfín de pruebas en el hospital vizcaíno de Cruces,
el diagnóstico no deja lugar a la duda: cáncer de pulmón con metástasis ósea.
Su padre, Juan Andrés, enfermero de Urgencias además de escritor, sabe que el
pronóstico es fatal. Un día, durante una sesión de quimioterapia, leyendo ‘La
muerte de Iván Illich’, de Tolstoi, se topa con un silogismo estremecedor:
«Todos los hombres son mortales; Cayo es un hombre, luego Cayo es mortal».
«Todos sí –pensé– pero mi hijo no. Tatán no es Cayo ni Iván Illich; Tatán es un
templo de bondad y belleza, con toda una vida por delante». Asumir la
proximidad de la muerte es uno de los retos que Juan Andrés y los suyos
afrontan con entereza y mucho amor durante la convalecencia de Tatán. El fatídico desenlace no
tarda en llegar. El dolorido padre se agarra entonces al recurso
que más alivia su ánimo, la escritura, y con el corazón en la
mano, que es como mejor se hacen las cosas, y una prosa elegante, carente de
tópicos y sensiblerías, pero llena de amor y dolor, de honda reflexión y
ternura, va esculpiendo página a página la figura del hijo ausente, que a lo
largo del libro emerge pura, limpia, vigorosa, imponente. En ‘Cayo es mortal’,
Saiz Garrido consigue algo tremendo: devolverle la vida a su
hijo, aunque solo sea literariamente.
«Hay un ejercicio de introspección muy grande. Echando mano de la memoria,
logré reconstruir conversaciones que mantuve con él, momentos de complicidad
que vivimos en numerosas ocasiones… Pero también hay en el libro un ejercicio
bestial de documentación, porque revisé sus papeles, sus libros, sus discos,
sus canciones, sus archivos fotográficos… Y regresé a los lugares que pisé con
él, al Valle de Mena, a Fuentes Carrionas… y seguro que volveré a Mozambique en
breve… ¿Todo lo que hago es culto a él? No, no todo, pero Tatán sí alumbra todo
lo que hago. Siempre le tengo presente. Aunque no me obsesiona, sería injusto
olvidarle», confiesa el autor, que asegura haber conocido más todavía a su hijo
tras lo ocurrido: «Este duelo nos ha permitido entablar amistad con sus amigos,
que me traen fotografías, que me cuentan cosas, anécdotas y recuerdos. Ahora
conozco más a Tatán, o por lo menos, de otra manera». La pasión de vivir de Tatán
y su intenso amor por la naturaleza son constantes en un libro que ha tardado
algunos años en ver la luz: «Tatán murió en la primavera de 2012 y yo empecé a
escribir en otoño. Tardé siete meses en acabarlo. Después, le di a mi esposa,
Marisa, el borrador para que lo leyera, pensando, ingenuamente, que lo que para
mí había sido un placentero ejercicio que había conseguido sacar fuera parte
del dolor, sería igual para ella... Tardó casi tres años en
decidir que se publicara». Pero la obra es una
bendición y mañana será presentada en la Feria del Libro de
Segovia, donde Saiz Garrido firmará ejemplares y completará,
con palabras, el homenaje a su hijo. Será a las 20:00 horas.
Como dice el último párrafo del artículo, el día 7 a partir de las 20.00, se produjo la firma de ejemplares, previa entrevista o conversación que el propio Carlos Álvaro mantuvo con nuestro autor, y aquí está la prueba gráfica de ello.
En primer plano Carlos Álvaro, detrás, sonriente, Juan Andrés Saiz Garrido.
Ignacio Sanz, habitual crítico en este blog especializado en reseñas literarias ha escrita ésta sobre el libro de Juan Andrés Saiz Garrido:
Este libro que ahora reseño se ha escrito muchas veces, pero como toda historia de amor llega a nosotros renovado y único porque habla de un ser irrepetible. Hace tres años, en primavera, leí en Jaén una variante de este. Aquel se titulaba La que no tiene nombre, su autora era la escritora colombiana Pilar Bonet y el homenajeado era un hijo desaparecido en Nueva York. Pero diría más, de la misma estirpe que este libro podría catalogarse El río, de Ana María Matute, que describe un pueblo con sus idas y venidas, con sus montes y sus ríos, con sus juegos, sus paisajes y sus personajes. Y todo lo escribe Ana María Matute para que el pueblo riojano de sus ancestros, en el que ha pasado los felices veranos de su niñez, no quede hundido para siempre bajo las aguas del pantano que le van a caer encima.
Juan Andrés Saiz Garrido (El Espinar, Segovia, 1952) se ha bregado en muchas tribunas periodísticas y ha escrito un puñado de libros, pero es, sobre todo, el autor de Los gabarreros de El Espinar, un magnífico libro de etnografía, un clásico que ha tenido la virtud de cambiar la percepción del pasado de un pueblo serrano a través de la descripción del oficio. Los gabarreros salían de casa cada mañana con un caballo matalón y un hacha; se dedicaban a recoger las leñas muertas en los extensos pinares de las laderas del Guadarrama, una actividad durísima en la que trabajó su padre en los años cincuenta. Tatán, el nieto de aquel gabarrero, deslumbrado por la naturaleza en sus años adolescentes, quiso ser agente forestal. Y lo consiguió. Tuvo varios destinos en los que ejerció su trabajo. Pero, como todo espíritu inquieto, no paró de viajar: Europa, Mozambique, Bolivia. Además de aquellos viajes, casi siempre con fines solidarios, cultivaba la música y la poesía en medio del silencio de las aldeas castellanas semivacías en la que vivía en comuna con otros compañeros de oficio. Y el amor, también cultivó el amor en grandes dosis.
Como ya se comentó, el pasado sábado 10 de junio, El Adelantado de Segovia publicó sobre Cayo es mortal. El artículo está suscrito por el periodista, Guillermo Herrero. Aquí dejamos la transcripción completa del mismo:
Lo peor que le puede pasar a un hombre es ver morir a un hijo. De la certeza de esta frase, muy extendida en el acervo popular, puede dar fe Juan Andrés Saiz Garrido. La enfermedad y muerte de Tatán Saiz Lobo le convirtió en un alma en pena, irreconocible hasta para los más cercanos. Alicaído, con el semblante triste y visiblemente más delgado, Saiz Garrido debió pasar entonces las de Caín.
Ahora, pasado ya un tiempo, acaba de publicar un nuevo libro, ‘Cayo es mortal’ (Editorial Isla del Náufrago), donde relata toda aquella experiencia, dura, pero intentando, sobre todo, transmitir un mensaje de esperanza. “No es un libro para sufrir”, advierte a las primeras de cambio. En cualquier caso, no oculta la historia de Tatán, su hijo, un agente forestal lleno de vida que comienza a sentirse mal tras un viaje a Bolivia. El diagnóstico es contundente: cáncer de pulmón con metástasis ósea.
"Última" de El Adelantado del 10 de junio
Poco después, Saiz Garrido se topa con una frase de Tolstoi en su novela ‘La muerte de Ivan Ilich’: “Todos los hombres son mortales; Cayo es un hombre, luego Cayo es mortal”. La cercanía de la muerte de Tatán supuso un auténtico mazazo para el escritor. Debía asumir la llegada de la parca, un reto mayúsculo.
Tras el desenlace, Saiz Garrido se agarra a lo que más le alivia, la escritura. “Tenía una necesidad vital de escribir este libro; si no lo hubiera hecho no habría enterrado correctamente a mi hijo”, dice. Reconoce haber llorado redactando ‘Cayo es mortal’, pero agrega que esas lágrimas fueron “liberadoras”. Deseaba expresar sus emociones más íntimas, entendiendo que “si no las sacaba al exterior se iban a pudrir dentro, dejándome morir en vida”. En ese sentido,el libro fue un bálsamo para curar la herida. Siete meses tardó Saiz Garrido en componer la obra, y tres años ha permanecido en un cajón, hasta que su esposa, Marisa, ha dado el visto bueno a la publicación, que se complementa con una web, cayoesmortal.es colorista, donde se han recopilado fotos de Tatán en sus viajes por el mundo.
“Entiendo que ‘Cayo es mortal’ puede ser un homenaje a nuestro hijo y, al tiempo, ayudar a familias que se sienten perdidas ante una situación similar”, sostiene el escritor.
A nivel personal, Saiz Garrido confiesa haber aprendido escribiendo el libro; entre otras cuestiones dice haber descubierto que un hijo es un desconocido para cualquier padre. “A pesar de la buena química que yo tenía con Tatán, le he conocido mejor en su ausencia”, afirma.
De los mensajes dejados por Tatán durante su existencia, Saiz Garrido quiere ahora rescatar, a modo de resumen, al menos dos: su pasión por vivir y su apología de la naturaleza. “Este libro —concluye Saiz Garrido— no busca un baño de lágrimas; al revés, es un canto a la vida”
El Adelantado de Segovia publica en su edición de hoy una información sobre Cayo es mortal. La pluma de Guillermo Herrero, a modo de entrevista, resalta lo fundamental de este libro.
Aquí la reseña en la página web de El Adelantado. No obstante, entresacamos dos de las afirmaciones del autor sobre su obra:
Ahora, pasado ya un tiempo, acaba de publicar un nuevo libro, ‘Cayo es mortal’ (Editorial Isla del Naúfrago), donde relata toda aquella experiencia, dura, pero intentando, sobre todo, transmitir un mensaje de esperanza. “No es un libro para sufrir”, advierte a las primeras de cambio. En cualquier caso, no oculta la historia de Tatán, su hijo, un agente forestal lleno de vida que comienza a sentirse mal tras un viaje a Bolivia. El diagnóstico es contundente: cáncer de pulmón con metástasis ósea.
“Entiendo que ‘Cayo es mortal’ puede ser un homenaje a nuestro hijo y, al tiempo, ayudar a familias que se sienten perdidas ante una situación similar”, sostiene el escritor.
Juan Andrés Sáiz Garrido en su despacho. (Foto de El Adelantado de Segovia)
Cayo es mortal. en el número 270 del periódico mensual El Espinar, página 17. Aquí, podéis acceder al periódico
Este es el texto completo del artículo: Cayo es mortal, en la Isla del Náufrago Juan Andrés Saiz Garrido, habitual colaborador de este periódico, publica en Isla del Náufrago Cayo es mortal, donde narra la vida de su hijo Tatán. El libro estará a la venta a primeros de junio en librerías y en la página web de la editorial: isladelnaufrago.com. La contraportada nos da pistas sobre lo que. vamos a encontrarnos dentro: Tatán Saiz Lobo, agente forestal lleno de vida y de proyectos, comienza a sentir dolores ene l pecho y en una cadera al regreso de su viaje a Bolivia. Después de un rasario de pruebas en el hospital de Cruces, el diagnóstico es contundente: cáncer de pulmón con metástasis ósea. Su padre, enfermero de urgencias, sabe que el pronóstico es fatal. Durante una sesión en el hospital de Segovia, el padre se topa con la frase central de la novela de Tolstoi, La muerte de Iván Ilich: "Todos los hombres son mortales; Cayo es un hombre, luego Cayo es mortal". Reacciona con rabia: Todos sí, pero mi hijo, no; Tatán no es Cayo ni Iván Ilich, es un templo de bondad y belleza, con toda una vida por delante. Asumir esa muerte imparable que llega será una de las tareas que tendrá que afrontar durante la corta enfermedad. Tras el desenlace, es tan angustiosa la ausencia que Juan Andrés se agarra a la única herramienta que le alivia, la escritura, y rememora su vida con él. Fruto de esa catarsis surge un texto cargado de amor y dolor, de reflexión honda y ternura, de emociones compartidas... Incluso de esperanza para mantener viva, en la memoria de cuantos lean este libro, la imagen de Tatán. Estamos ante el homenaje a un hijo fallecido y, con él, a todos los jóvenes que mueren demasiado temprano, a través de un testimonio que conmueve hasta lo más íntimo de las entrañas huyendo de lo sensiblero o lo cursi, pues acerca al lector y lo lleva de la mano por los bordes de un hondo precipicio del que quisiéramos huir, aunque sepamos a ciencia cierta que en él acabaremos todos, sin excepción. Muchos conocemos al autor a través de sus publicaciones, relatos y las Crónicas del Sentimiento que de forma cotidiana publica en nuestro periódico. En este libro no es más que el padre de Tatán.Como complemento a la lectura se prepara un archivo de fotografías relacionadas con la historia, que los lectores podrán encontrar en cayoesmortal.es
A finales de 2006 se le otorgó a Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957) el XI premio Ciudad de Salamanca de novela por Calle Feria.
En 2007 la obra fue editada por Algaida. Siete años después es muy
difícil encontrar un ejemplar de la misma, puesto que quien tiene el
privilegio de poseer uno y haberlo leído, no se desprende de él, por
algo será. Esta nueva edición en Isla del Náufrago, revisada y corregida
por el autor, viene a poner a disposición de nuevos lectores una obra
que creemos imprescindible, con ello sale gozosamente del silencio al
que se la había condenado desde hacía años. No es cierto el tópico de
que a los poetas se les suele resistir la prosa. El caso de T. S. S.
es un ejemplo claro y evidente. Sin dejar de ser en todo momento un
gran poeta, también es un gran escritor de ensayos, relatos y novela,
como lo atestigua esta obra.
Calle Feria podría ser la calle de Zamora donde se crió Tomás,
pero también la calle donde crecimos cada uno de nosotros, nuestra
calle mundo, donde tras lo anecdótico se esconde el descubrimiento de lo
extraño que son los seres humanos a ojos de un niño, un adolescente o
un adulto melancólico; así como extrañas y perversas son las
consecuencias políticas y sociales de una feroz guerra civil, que
impregnaría de grisalla la vida durante muchos años, de cuya tristeza
era difícil escapar, como no fuera por medio de la imaginación y el
humor, o el cine. Esta Calle Feria es la espina dorsal en
torno a la cual se tejen múltiples relatos que, amalgamados en su
diferencia, conforman su historia ficticia y real a la vez, que es la de
los pequeños comerciantes y quienes por allí se aventuran, que a su vez
refieren otras historias, hasta llegar al relato de personajes
humildes, de lo minucioso y de los objetos donde recala la cotidianeidad
y la trasciende con un lirismo esencial. No obstante, hay que matizar
que nadie espere un impronta costumbrista en todo esto, sino poética. En
esta calle se dan cita palomeros, sastres, barberos, confiteros,
zapateros, guarnicioneros y toda una pléyade de dependientes y
comerciantes, cuyas actividades comerciales muchas de ellas han
desaparecido hoy día, y que junto con los míticos viajantes procedentes
de tierras lejanas son los protagonistas, pero no sólo ellos, sino las
palabras y los relatos que se intercambian. Asistimos, por ejemplo, al
discurso filosófico de un barbero prodigioso, a las crónicas
cinematográficas de un crítico amateur, a quien la censura oficial de
aquellos años intenta reconvenir, al descubrimiento del erotismo y la
sexualidad de dos amigos que comparten el mismo amor, como prueba de
amistad e inquebrantable lealtad, y que más adelante se cuentan uno a
otro historias como la del hombre del tatuaje de la serpiente, el cuento
maravilloso sobre el encargo que recibe Paulino, el zapatero, o el de
una humilde limpiadora, que se comunica con su hijo emigrado a Cuba a
través de un singular reloj de pared, o una fantasía sobre el poeta Federico García Lorca.
El estilo es fragmentario, como en buena parte de la narrativa moderna.
No sólo incluye narraciones más o menos clásicas, más o menos
cervantinas, sino otros géneros literarios como crónicas periodísticas,
informes gubernativos, ensayos poéticos, como el que trata sobre la
pintora Delhy Tejero, en el cual se nos narra con intensa emotividad y
lirismo el retrato que le hizo a una confitera, víctima del poder
autoritario que ejercía el hombre, su marido, sobre la mujer, su esposa;
pero también una apología del pequeño comercio, así como las
tribulaciones de un personaje en un supermercado moderno y el
menosprecio irónico del mismo. Dos características esenciales son el
humor, diseminado casi por todo el libro, unas veces reflexivo, otras
veces amargo, paródico o simplemente lúdico; y la otra se refiere al
lenguaje, que va desde un clasicismo ejemplar, a un vanguardismo que nos
recuerda a Georges Perec o a Julián Ríos; ambas
características pueden verse al unísono en el divertidísimo “Monodia de
la E”; aunque aparte de este, son constantes las diferentes perspectivas
estilísticas y léxicas desde las que se nos muestra la realidad a la
que hace referencia el texto.
Calle Feria está escrita con la lentitud de una cocción al
amor de la lumbre, sin prisas y sin plazos, haciendo que cada una de
las palabras, escogidas con sabiduría y tino, liberen todo su sabor al
conjunto, de modo que el entramado de historias se erige así en una
construcción firme, de una dureza diamantina en el cuidado del lenguaje y
una exquisita sensibilidad en el trato de la materia narrativa, de los
personajes y de la memoria de un tiempo que alberga vidas y emociones,
esplendorosas en su revelación a través de las palabras, del mismo modo
que las traídas por los viajantes «Y era en esos juegos de palabras
donde los niños aprendíamos un abecedario decimal y lleno de relámpagos
que ya nos acompañaría para siempre, nos estañaba en la boca con la
saliva dulce de nombres que jamás se oían en otros espacios de la
ciudad, la ciudad gobernada por el gemido indigesto propio de un país
con olor a orín envejecido, encelado en conservar en hielo negro,
amortecida y triste, la canción de la vida» (págs. 74 y 75).
Debido a que la expresión “obra maestra” ha perdido todo su valor a
fuerza de calificar con ella a libros comerciales e insulsos, diremos
que Calle Feria es más que una obra maestra, es un libro
ameno, divertido y profundo, que cualquier lector sensible agradecerá,
entre tanta hojarasca. Al menos esa ha sido nuestra experiencia lectora,
que a buen seguro se repetirá en quien se decida a pasear por esta Calle Feria. Y además el tamaño de los tipos de esta nueva edición es generoso, algo de agradecer en un libro de estas dimensiones.
* * *
CALLE FERIA: Isla del Náufrago, Segovia, 2014. 632 pp. 24 € (De venta exclusiva en www.isladelnaufrago.com)
El XII PREMIO DE LA CRÍTICA de CASTILLA Y LEÓN, promovido por el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, ha sido otorgado a una de las obras publicadas por Isla del Náufrago. La abrumadora cantidad de noticias, reseñas de prensa y comentarios diversos que se pueden consultar en Google hace imposible su recogida completa en este blog de amigos. Por ello, sólo incluiremos dos, una de El Norte de Castilla y otra del Blog La Acequia, de Pedro Ojeda. Muchas gracias a todos aquellos que habéis felicitado a la editorial y al autor de la obra.
Jose Antonio Abella con su libro 'La sonrisa robada'. / Henar Sastre
‘La sonrisa robada’, de José Antonio Abella, ha
sido la obra ganadora del XII Premio de la Crítica de Castilla y León.
Se trata de una novela “ambiciosa, difícil y conseguida”, según señaló
ayer, en Ávila, Gonzalo Santonja, copresidente del jurado junto con
Carlos Aganzo, al darse a conocer el fallo. El escritor burgalés se
impuso así a los otros ocho finalistas: Juan Pedro Aparicio, Eduardo
Fraile, José Manuel de la Huerga, Julio Llamazares, Luis Javier Moreno,
Moisés Pascual Pozas, Agustín Remesal y Francisco Rodríguez Adrados.
La obra elegida es “una novela muy arriesgada” que
“puede gustar a un público muy diverso”, según afirmó Pedro Ojeda, de
la Universidad de Burgos, uno de los portavoces del jurado. El
protagonista es el poeta español José Fernández Arroyo y la historia se
fundamenta en la correspondencia que éste intercambio, entre enero de
1949 y diciembre 1953, con la joven alemana Edelgard Lambrecht. La obra
de Abella relata el sufrimiento del pueblo alemán tras la caída del
nazismo y el sueño de toda una generación que “tiene que reencontrarse”
tras la II Guerra Mundial. Ojeda destacó, “por su belleza”, los
“extraordinarios” inicios de los capítulos.
La jefa de la sección de Cultura de El Norte de
Castilla, Angélica Tanarro, también portavoz del jurado, se encargó de
repasar la trayectoria del ganador, quien “se ha impuesto a nombres más
conocidos y más mediáticos”. José Antonio Abella, médico de profesión
comprometido con distintas causas sociales, publicó su primera novela,
Yuda, en 1992 y desde entonces ha llevado a cabo una sólida carrera
literaria. ‘La sonrisa robada’ es, en opinión de Tanarro, “su mejor
obra” por “su originalidad y complejidad”.
Mucha calidad
El director de Políticas Culturales de la Junta de
Castilla y León, José Ramón Alonso, destacó la “calidad” tanto de los
miembros del jurado como de las obras finalistas, donde se combinaron
distintos géneros y “personas con una trayectoria consolidada con
personas emergentes que están todavía creando lenguajes nuevos”. “Los
tiempos de crisis suelen ser tiempos enormemente creativos en la
cultura”, añadió.
Por su parte, el alcalde de Ávila, Miguel Ángel
García Nieto, agradeció al Instituto Castellano y Leonés de la Lengua
que haya elegido la capital abulense, por segundo año consecutivo, para
fallar el Premio de la Crítica. “Para nosotros es un privilegio
–afirmó–. Ávila es una ciudad de letras, ya que tenemos unos escritores
actuales y de pasado formidables”.
Hay que recordar que el ganador de la pasada
edición del Premio de la Crítica de Castilla y León fue el escritor,
ensayista y poeta José María Merino, por su obra ‘El río del Edén’.
La novela reconstruye la historia de las relaciones entre el poeta y escultor José Fernández-Arroyo y una joven alemana, Edelgard Lambrecht a partir del diario del artista
y la correspondencia de Edelgard, mantenida entre los años 1949 y 1953.
Se enmarca y completa con el viaje del narrador a Alemania con la
finalidad de conocer los lugares en donde vivió la joven y encontrar los
datos que proporcionen la visión desde su perspectiva. Este doble
tiempo (presente-pasado) y doble y hasta triple ángulo (narrador / José
Fernández / Edelgard) es sutilmente usado como parte de la fábula y
viene a cumplir, en un juego metaliterario, el impulso interno de lo que
se cuenta hacia su necesaria construcción como novela.
En La sonrisa robada hay una historia de amor intenso y hermoso
que marca la vida de los protagonistas, pero también mucho más. Es
también la historia de un sueño que impulsa al protagonista y atrapa al
lector, un viaje hacia los sentimientos y hacia la ilusión que mantiene
una vida en medio de la devastación propia de una postguerra como la de
la II Guerra mundial. Abella nos guía por el extraordinario viaje que
lleva a un joven desde la España de los primeros años de la gris
dictadura franquista hasta la Alemania que intenta reconstruirse pero
vive marcada por las huellas de la guerra en todos los sentidos: el
pasado nazi, la irrupción de los soldados soviéticos y la desmembración
del país y el presente de Edelgard en el que no todos podrán encontrar
un hueco en la nueva realidad. Es un triple viaje: el del narrador, el
del protagonista y el de toda una generación de europeos, contado desde
una perspectiva poco frecuente. Un riesgo asumido por el autor del que
ha salido con éxito gracias, en gran medida, a una narración precisa no
exenta de lirismo y pasajes sobrecogedores. Los inicios de cada capítulo
son magníficos. Todo, además, lleno de referencias musicales que potencian lo contado.
La sonrisa robada, sin duda alguna, es una novela atractiva para
un lector muy variado: atrapa por el argumento -una gran historia de
amor-, por las dosis de intriga con las que se desgrana, por la
profundidad del análisis de los sentimientos más nobles en tiempos
violentos y poco propicios, por la reconstrucción individual y colectiva
de una Europa que sale de un conflicto tan brutal como fue la II Guerra
mundial y por el estilo narrativo.
Interesantísima revista literaria, dedicada en este número a la LITERATURA DEL RIESGO. En las páginas 43-45 se puede leer una excelente reseña de "La sonrisa robada", novela publicada por Isla del Náufrago, ediciones.
Es posible descargar la revista completa en este enlace:
La sonrisa robada. José Antonio Abella. Isla del Náufrago, Segovia, 2013, 632 págs., 20 €. De venta exclusivamente en www.isladelnaufrago.com.
Por José Miguel López-Astilleros
José Antonio Abella
(Burgos, 1956) es médico, escultor y escritor. Vive en Segovia, donde
desarrolla con acierto estas tres actividades. Como escritor, entre sus
últimos trabajo destaca el excelente libro de cuentos Unas pocas palabras verdaderas y otros falsos relatos (Isla del Náufrago,
2010). También es el responsable de la editorial mencionada, que ofrece
una edición de alta calidad, cuyos libros se venden sólo a través de su
página web, sin gastos de envío; sólo así es posible que el 75% de los
beneficios se dediquen a seguir editando y el 25% restante a proyectos
de cooperación.
Lo primero que habría que decir de esta
novela es que estamos ante una hermosa historia de amor entre el poeta
manchego del postismoJosé Fernández-Arroyo y Edelgard Lambrecht,
una joven alemana cuyo padre era oficial de las SS durante la Segunda
Guerra Mundial. José Antonio Abella, tras leer los diarios del poeta Edelgard, diario de un sueño, 1948-1953 (Libros del Innombrable, 1991) y No es un sueño
(Libros del Innombrable, 2007), queda fascinado por el intercambio
epistolar que mantuvieron ambos entre enero de 1949 y diciembre de 1953.
Fernández-Arroyo animó al escritor a que plasmara en una novela la
apasionada y dificultosa relación que mantuvieron. Con este
deslumbramiento y esta sugerencia, arranca una investigación que duró
tres años y que fructificó en este magnífico libro.
A través de los diarios de José, las
cartas de Edelgard, las pesquisas y el primoroso novelar de Abella, que
coincide con la voz narrativa que sirve de hilo conductor y aglutinante,
nos adentramos en el alma de los dos protagonistas principales, que
irán desnudando sus corazones uno al otro, hasta crear entre ellos unos
lazos más fuertes que el tiempo, como demuestran sus testimonios. Pero
esta historia quedaría incompleta sin la revelación de la compleja
personalidad de otros personajes, que están estrechamente imbricados
entre sí, sobre todo con Edelgard, quien nos presenta a su no menos
fascinante hermana, Sigrid, y a su padre, Oskar Lambrecht, además de
otros personajes esenciales en la evolución de ella misma y de los
sucesos que le cuenta a su amado. Respecto a José, la aparición de
Lolita, su futura esposa, tiene una importancia vital tanto en su vida
como en la novela, de quien Abella, con una delicadeza de orfebre, nos
muestra su enorme ternura, comprensión, generosidad y talla humana.
Pero La sonrisa robada no es sólo
una novela de personajes, de personas sería mas exacto decir; también es
la novela de un tiempo histórico convulso y desgraciado. Con las
palabras de José, Edelgard y Abella asistimos a la reconstrucción de
unos trágicos acontecimientos que tuvieron lugar durante y después de la
Segunda Guerra Mundial. Lo novedoso, o mejor, lo particular del
planteamiento de esta obra es que, mientras hay miles de libros que nos
cuentan los horrores cometidos por el ejército nazi, la perspectiva que
se nos ofrece es la contraria, a saber, los horrores que cometieron las
tropas rusas y los aliados en su camino hacia Berlín: saqueos,
violaciones, torturas, asesinatos y vejaciones sin límite, que prueban
que la crueldad siempre es patrimonio de los vencedores, sea por
venganza o por simple brutalidad, ejemplo de ello es la dramática
narración del bombardeo indiscriminado sobre Stettin y Dresde. Si el
autor exhibe una cuidada exquisitez en el tratamiento de los personajes,
aquí también está presente ese cuidado, puesto que no hay defensa
ideológica o política que no emane del punto de vista humano de los que
sufren, desde el que están presentados los hechos; tanto es así, que hay
algunos momentos en que los crímenes cometidos contra los judíos y la
población civil alemana están situados en el mismo bando, en el de las
víctimas causadas por la ferocidad y la iniquidad del ser humano contra
sus semejantes. Será el lector quien habrá de extraer la lección moral,
¿cabe mayor respeto y sutileza?
Una novela sobre la fuerza del
amor verdadero, la generosidad y la entrega incondicional, pero también
sobre la maldad y el dolor. Escrita con un estilo magnético y subyugante, que hace difícil abandonar su lectura una vez comenzada.
Conocer a José Antonio Abella (Burgos. 1956) —médico, escultor, escritor y editor—, residente en Segovia desde hace
más de veinte años, podría hacer sospechar que mi opinión se tiñe de cariño y. por tanto, no soy objetivo. Sin embargo, cuando reseño libros de amigos y conocidos mantengo,
primero, que la objetividad no existe, pues somos sujetos; y, segundo: procuro que la amistad no empeñe ni empañe mi juicio, sino que me ayude a penetrar en detalles que me pasarían desapercibidas. Así
que quienes hayan leído esta novela, espero que me perdonen la contención, pues procuro ser prudente para evitar daño en la obra reseñada: el exceso de elogios lastima más que ayuda.
Centremos el asunto. Leemos en la contraportada de la novela.
Entre enero de 1949 y diciembre de 1953, la joven alemana Edelgard Lambrecht y el poeta español José Fernández Arroyo intercambiaron un intensa
correspondencia que marcaría la vida de ambos.
Basada en las cartas manuscritas de Edelgard. en el diario de José y en años de investigación documental sobre la Segunda Guerra Mundial y su posguerra
inmediata, esta novela constituye un singular testimonio del sufrimiento del pueblo alemán tras la caída del nazismo, cuyos innumerables crímenes no sirven de justificación a la barbarie que las
tropas aliadas, especialmente las soviéticas, ejercieron sobre la población civil de un país convertido en ruinas. (...)
''Todo lo perdimos —escribe Edelgard en la primera de sus cartas—: nuestra madre, nuestros dos hermanos y otros parientes próximos, la patria y los bienes;
también nuestra salud sufrió mucho..." (...)
Así pues. La sonrisa robada es la búsqueda de un tesoro escondido contada a través de la peripecia del propio autor.
En cierto sentido —aunque no sólo—, es un cuaderno de bitácora donde se plasman investigación, descubrimiento y ahondamiento de una verdad que quizá sorprenda, narrada, además, con el
estilo de Abella que nos ha entregado durante estos lustros obras memorables, al menos para mí, como Yuda, Crónicas de Umbroso, Tierra leve. El balcón de la mirada o Unas pocas palabras verdaderas.
Presentación en Segovia
Durante la presentación de la obra, el 13 de abril pasado en el Centro de Interpretación de la Judería de Segovia,
el autor refería esa verdad descubierta durante su investigación y documentación. La historia la escriben los vencedores, quienes se apresuran a tapar sus tropelías; pero siempre intuí que
la población alemana sufrió algo similar a lo que su ejército hizo sufrir a otros. Tras leer la novela, esta intuición, a la que llegué aplicando la 'lógica' bélica, cobra carácter
terrorífico y hace que crezca la repulsión hacia la insaciable sed de destrucción, odio y venganza que parece anidar en los corazones humanos. Los datos convierten mi intuición en sombra de humo.
Aclaro rápidamente —para evitar sospechas—: el autor no podrá ser tachado de filonazi o similar, salvo que se quiera
calumniarle. A poco que se lea esta novela y su obra previa, tal cuestión se descartará. Por el contrario, Abella repudia cualquier violencia y queda anonadado ante la repetición de los genocidios a lo
largo y ancho de la historia y del Planeta. Quien haya leído su novela Yuda sabe de qué hablo. Yuda es un judío segoviano que tiene que salir de su ciudad en cumplimento del decreto de expulsión
y cuenta su experiencia de diáspora desde Sefarad. Pues bien, la misma emoción dolorosa que se transmite por la expulsión de los judíos españoles, encontrará en La sonrisa robada cuando
se topa con esa parte de la historia que se nos ha ocultado. ¿Se podrá oponer a mi argumento que si el ejército nazi no hubiera cometido genocidio contra judíos y otros pueblos o minorías, el ejército
de Stalin no se hubiese comportado con tal saña? ¿Podrá argüirse que si Hitler no hubiera ordenado los bombardeos sistemáticos y dañinos sobre Inglaterra, la Air Forcé con sus aliados
norteamericanos no habrían masacrado Berlín, Düserdolf, Dresde, Sttetin...? A mi modo de ver no es argumento la venganza, la aplicación taxativa, sin matices ni proporción de la inhumana ley
del taitón. Como decía Gandhi —y recoge Abella—: «Ojo por ojo. y todo el mundo acabará ciego».
Otra pregunta sobrevuela la novela: ¿La población alemana podía no ser nazi o, al menos, simpatizante del nazismo durante
aquellos años? Aunque muchos supieran lo que sucedía y callaban, la mayoría no era capaz de imaginarlo. Los criminales eran esposos, padres, hermanos, hijos, cuñados, amigos de alguien que no estaba
en el frente, que no podía sospechar que en el frente y en los campos de exterminio actuaban como carniceros.
Los sistemas fundados y alentados por el mesianismo destruyen el libre pensamiento, pues su cimiento evita la educación de la
razón, del pensamiento de ideas, de la libertad de opinión y crítica; por el contrario, se adoctrina, y no sólo en escuelas, usando todos los medios al alcance del poder, que son muchos. El mecanismo
es antiquísimo, simple y eficaz: repetir constantemente (con insistencia de plomo —diría Abella—), la misma idea desde la infancia: aunque la afirmación sea mentira, se hace sustancia del pensamiento
y creencias individuales y colectivas. Cuando la educación se basa en fe o irracional seguimiento del líder, se está adiestrando a soldados que entregarán la vida o, en su defecto, cumplirán
toda orden del todopoderoso líder. Dice Abella: «La fe separa y la duda une». Estoy conforme y roo con rabia los versos del Nobel ruso Solzhenitsyn, orla del libro:
"La niña yace muerta en el colchón, / ¡¿Cuántos se han acostado en él?! / ¿Un pelotón, quizá una compañía?
/ Una chica convertida en mujer, / una mujer convertida en cadáver. // Todo se reduce a frases simples: / ¡Nada se olvide! ¡No perdonemos! / ¡Sangre por sangre, diente por diente!"
¿Trata La sonrisa robada sobre la II Guerra Mundial? No sólo. Esta novela —poliédrica, compleja y ambiciosa—, sin
buscarlo, se topa, por así decir, con parte de las atrocidades de la II Guerra Mundial. Me explico.
Como un regalo para su amigo Pepe, Abella rastrea qué fue de Edelgard Lambredcht, la joven alemana con quien mantuvo un idilio
epistolar durante cinco años (entre 1949 y 1953), recogido por el poeta manchego en "Edelgard" diario de un sueño (1948-1953) (Diputación de Ciudad Real. 1991). Abella y los lectores del diario
del poeta sabemos la historia, pero sólo conocíamos la versión de Fernández Arroyo. Abella sintió una especial atracción por la figura de la muchacha alemana, nacida en Stettin (actualmente
Szczecin, Polonia) en 1926, y que, tras el final de la contienda, fue deportada a Flensburg donde se carteó con el poeta, quien la visita en 1953. Abella da un paso inmenso: completa la historia buscando las huellas
de la vida Edelgard, hacer real el sueño de José Fernández Arroyo. La novela arranca del libro de Pepe y las conversaciones mantenidas sobre este asunto, recrea ese viaje en autostop de 1953, y, a la vez,
recrea cinco años de misivas que, casi desde su inicio es idilio.
Como se deduce por las fechas y lugares citados, la ominosa guerra forma parte necesaria de la historia. Otra cosa hubiera sido increíble.
Al aparecer la guerra en Stettin con su rostro más cruel (bombardeos aéreos, saqueo, deportación de la población por el inmenso crimen de ser alemanes), la historia toma una dimensión trágica,
pero, al mismo tiempo, más emocionante, porque lo que importa de la novela es el triunfo de la vida, la lucha por sobreponerse al dolor, a la adversidad, a la enfermedad. Incluso cuando el dolor se clava en la entraña,
la adversidad nos despoja y la enfermedad nos acompaña a la muerte.
Edelgard, la mujer de la sonrisa robada —la lectura del libro desvelará este misterio—, representa esa lucha, el amor intenso
a la vida a pesar de todo, incluso intuir lo que sucedería.
Reconstruir la biografía de Edelgard Lambrecht partiendo de un nombre, unas cartas sin referencias concretas y una dirección
de hace sesenta años en una ciudad del norte de Alemania no es sencillo. Hay que tener muchos arrestos y estar seducido por este asunto para embarcarse en semejante aventura.
¿Es más La sonrisa robada?
La novela es poliédrica, repito, y ya he señalado tres caras: el libro de José Fernández, generatriz del
relato: el sufrimiento del pueblo alemán tras la derrota del ejército nazi: la historia de Edelgard Lambrecht y su familia.
Expulsión de alemanes de los Sudetes
Señalo una cuarta, la que ahorma la novela: la búsqueda del autor. José Antonio escribe una bitácora del
proceso personal y reflexivo que los continuos descubrimientos y dudas le han ido moldeando durante los más de tres años que duró la tarea, sobre todo en lo relativo al descubrimiento del sufrimiento del
pueblo alemán, hasta ahora silenciado, o reducido a una nota a pie de página de la Historia. Esta novela no deja indiferente al lector. A poco que se enfrente a ella sin prejuicios, ve aflorar nuevos elementos
fundamentales en nuestro paisaje de la memoria, por así decir. Es como si al restaurar un cuadro reapareciera un horizonte oculto para el espectador: no se altera lo que ya se conocía, pero la visión del
conjunto se modifica. Consciente de lo que se trae entre manos, Abella camina junto al lector y le lleva de la mano mostrándole los datos que añaden nuevos perfiles a lo ya sabido. Ni niega ni desmiente lo conocido,
nos hace comprender que se nos ha ocultado algo también horrible. Como dijo durante la presentación, sólo las falsas monedas tienen una cara. Las monedas verdaderas tienen dos caras y conviene conocer
ambas.
La novela es arquitectura que sobrevuela sobre sólidos muros. Esto es parte fundamental del estilo, tarea de escritor. Aunque
comparte cierta metodología con la investigación histórica y periodística, pues el trabajo de documentación en múltiples fuentes escritas y testimonios orales procedentes de EE. UU.,
Alemania y Polonia es exhaustivo, esta titánica tarea no pasa a la novela como sucesión de datos que ahogan la narración. Más bien la ingente documentación y testimonios manejados son sustrato
invisible para el lector que, sin embargo, agradece esta labor pues sirve para acercarse lo más posible a la verdad. Tanto, que las partes en que el novelista escribe en estado puro, no son conjeturas verosímiles,
sino probabilidades próximas a lo real.
El estilo de Abella es claro, preciso, sobrio e infatigable. Es sincero consigo mismo. No adopta poses de sabio que conoce de antemano
lo que sucederá. Duda más de una vez. Está a punto de arrojar la toalla. Se asombra con los datos que aparecen ante su mirada sorprendida. Modifica sus iniciales premisas. Se emociona ante lo inesperado
(como al tocar la tierra donde yacen las cenizas de Edelgard, uno de los instantes más estremecedores del texto, exento de recursos 'lacrimógenos'). Se adapta a la verdad que surge... Nada oculta al lector.
Como si construyera una trenza con cuatro tramas (el libro y los recuerdos de Pepe Fernández; la vida de Edelgard y su familia;
el final de la II Guerra Mundial; su tarea de investigación y acercamiento) esculpe la novela que guarda una sorpresa que al lector le bordará un nudo en el corazón y le recordará al más
hernioso de los amaneceres. El lector no merece que mi toipeza haga trizas esta sorpresa última, este clamor a favor de la esperanza, a favor de creer que, a pesar de todo y a pesar de cuantos a lo largo de la historia
se empeñan en lo contrario, la vida siempre es más que la muerte y la esperanza siempre encuentra su camino y el amor vence, incluso sobre el territorio de la destrucción.
La sombra del ciprés/LECTURAS EL NORTE DE CASTILLA Sábado, 23-03-13
Los que sufren la Historia
José Antonio Abella afronta en «La sonrisa robada» su mayor reto narrativo, conjugar una hermosa historia de amor con una denuncia sobre los vencedores de la II Guerra Mundial
BERNARDINO GONZÁLEZ PEREZ
Es José Antonio Abella (Burgos, 1956) autor conocido por sus cuatro novelas Yuda (1992), La esfera de humo (1995), Crónicas de Umbroso (2001), La tierra leve (2006) y por un libro de relatos de reciente aparición, Unas pocas palabras verdaderas. Pero es ahora, con La sonrisa robada (Ed. Isla del Náufrago, Segovia, 2013) cuando afronta su mayor reto narrativo hasta el momento: conjugar una hermosa historia de
amor con una denuncia documentada de los sufrimientos que los vencedores de la II Guerra Mundial infligieron a los alemanes vencidos.
A modo de espiral, como las sucesivos círculos que genera una piedra arrojada al agua de
un estanque, el lector va descubriendo en la estructura de la novela la relación, fascinante y real, de una joven alemana, Edelgard Lambrecht, con el poeta español postista José Fernández-Arroyo;
pero, como si no se conformara, el relato crece concéntrico hasta indagar en sus entornos inmediatos y sus familias; y, más allá, en el entorno espacial e histórico de Edelgard, en la Alemania de
la II Guerra Mundial y, sobre todo, en la inmediata posguerra. Todo ello encarado al contraplano que es el proceso de reconstrucción de todas las vidas mencionadas y la propia elaboración de la novela.
La intención del autor con esta arquitectura
de superposiciones es que los personajes cobren nueva vida, ahora permanente, en el texto. En la realidad, ya no queda nada de Edelgard y José, salvo sus cartas y sus diarios, pero ahora cuentan con un elemento nuevo:
esa reconstrucción de su propia peripecia existencial en aquel mundo.
El propósito inicial del autor, que se formula de forma explícita (“El sueño
de José convertido en mi propio sueño”) hace que se produzca una transferencia eficaz del punto de vista y que en el planteamiento documental se integre el componente autobiográfico. En efecto, Abella
aúna la función de narrador en primera persona con la de personaje motor de la búsqueda documental. Sin planteamientos maniqueos, a lo largo del texto conviven momentos de gran crudeza –acontecimientos
bélicos y sufrimientos de los personajes- con otros de intenso lirismo, en especial algunas de las cartas de Edelgard o ese último capítulo: “Al otro lado”.
Como cabría esperar en un documento narrativo
de este alcance, las cuestiones morales abundan tanto como los interrogantes acerca de la ética de las conductas. En ocasiones, Abella llega a reflexionar sobre la propia novela que está escribiendo y se plantea
cuestiones acerca del derecho, la necesidad o la oportunidad de escribirla, una nueva vuelta de tuerca que afina el espesor de una narración donde el autor no ahorra nada en su intención decidida de sondear
esa época desde una vertiente que ha sido –quizás lo sea todavía- tabú para la reconstrucción de la historia europea del siglo XX en la memoria colectiva.
Tampoco el título de la obra es baladí
y encierra un doble sentido. Por un lado, el que se manifiesta en la portada mediante el contraste entre dos imágenes: la alegría de las niñas que portan símbolos nazis y la seriedad de Edelgard.
Pero, por otra parte, Edelgard sufre una enfermedad muscular, una de cuyas manifestaciones es la imposibilidad de sonreír, dato aprovechado por el autor -Abella es médico de profesión y llega aquí
a apasionarse por el diagnóstico de la enfermedad de Edelgard- para elevarlo a esa categoría de símbolo central y definitivo en la narración. La investigación de la enfermedad constituye,
así, una de las líneas narrativas apasionantes, en especial cuando sus efectos condicionan la relación entre Edelgard y José.
Esa visión plural, casi de prisma cinematográfico,
continúa en la coexistencia de diversos narradores que se van cortando el paso hasta ofrecer una ductilidad extraordinaria que permite al lector hacerse cargo del relato a partir de una galería de modulaciones:
José y Edelgard en su correspondencia; los informantes externos de asuntos concretos (que pueblan un nutrido apartado de agradecimientos) y el propio autor, convertido en narrador con esa doble función de testigo
y de protagonista en primera línea.
Así, la documentación exigente de episodios
fundamentados en pruebas de verdad histórica se alía con la propia historia de los dos protagonistas en una especie de segundo grado de verdad. Todo ello en la arriesgada tarea, pero ya necesaria a estas alturas
del milenio, de volver a reconstruir el escenario horrible y lleno de ignominiosos excesos que acusan sin indulgencia y desde otra latitud a la condición humana, tal como en tantos otros ejemplos de literatura de campaña
donde el Bien y el Mal se han repartido limpiamente (¿?) de otra manera, más simplificante e injusta. No ocurre eso en La sonrisa robada. José Antonio Abella ha conseguido hacernos a cada lector volver a revisar esa radiografía, que parecía clausurada,
de una de las épocas más abominables del siglo XX, aquí reproducida con intensidad y nervios fríos a partes iguales. No debería pasar inadvertida esta narración que muestra la semilla
ubicua del Mal a través de esos seres inocentes.
Abella novela la relación epistolar entre la
joven Edelgard Lambrecht y el poeta José Fernández Arroyo, donde se
refleja la dolorosa postguerra del pueblo alemán
No es arriesgado pensar que en la calidad de una obra como
La sonrisa robada influyen factores diversos, como la amplia carrera
literaria de José Antonio Abella,
su autor, y la complementación de otras actividades como la escultura y
la Medicina. A todo ello hay que añadir un punto de fortuna: la
conexión humana que el poeta segoviano Javier Moreno facilita al autor
para conocer a José Fernández-Arroyo y a su esposa Lolita Juan Merino.
No acaban aquí las coincidencias, es necesario también conocer su obra.
Perteneciente al grupo de los poetas del Postismo, José
Fernández-Arroyo mantuvo una intensa actividad artística, tanto en lo
literario como en lo pictórico y en la escultura del hierro. En
literatura cultiva diversos géneros: poesía, prosa, trabajos científicos
y diarios, recogidos en Edelgard, diario de un sueño, 1948-1953 (1991) y
continuados en No es un sueño (2007. Los diarios incluyen la
correspondencia epistolar del poeta con la joven alemana Edelgard
Lambrecht entre enero de 1949 y diciembre de 1953. Fernández-Arroyo es
quien anima al escritor, que ha leído esos diarios, a escribir esta
novela. A la sugerencia del poeta («-Se debería escribir una novela con
esta historia») y la contestación del novelista («-Ya está escrita -le
respondo»), Fernández Arroyo le anima: «-Tú deberías escribirla».
El conocimiento de esa experiencia epistolar es la semilla
de la obra. Con la lectura de los diarios, el autor se siente atraído de
forma inexplicable, especialmente por la enigmática personalidad de la
chica alemana: «¿Pero qué había, qué hay en aquellas cartas para que el
hechizo se prolongue más allá de su tiempo y de su destinatario?» (p.
24).
Avatares personales
Esta serie de felices coincidencias explican en buena
medida la génesis y los atractivos de la obra, de extensión poco
frecuente en la narrativa española actual. La sonrisa robada incluye dos
elementos esenciales: la vida (materializada en situaciones diversas y
momentos dramáticos) y la creación, con múltiples registros narrativos.
Junto a la vida plena de sentimientos reflejados en los tres diarios
(las cartas de Edelgard, las del poeta, sus diarios y el de su esposa,
«Los cuadernos de Lolita») el proceso narrativo ofrece un gran interés.
Incluso el novelista, en la crónica literaria del avance de sus
descubrimientos, escribe su propio cuaderno de bitácora.
La impresión humana vivida por el autor, obsesionado por
averiguar la vida de Eldegard, muerta en 1970, le obliga a indagar sobre
ello y sobre el destino de su familia, denunciando los efectos terribles de la Segunda Guerra Mundial,
después de la caída del Nazismo. Hay en ello una clara actitud de
reivindicación de los muertos, o de los débiles: «En esa oculta tragedia
-ha escrito el autor- los quince millones de alemanes expulsados de sus
hogares en Prusia, Pomerania, Silesia o los Sudetes (de los que dos
millones murieron durante la deportación) merecen más que una pequeña
mención en los libros de Historia».
Para llevar a cabo esa investigación viaja a Alemania, lo
que hace de la experiencia un apasionante libro de viajes espiritual,
con los protagonistas de la obra rescatados a través de sus diarios y
las tribulaciones creativas actuales del novelista. De ahí el juego
constante en el manejo del tiempo: en pasado, a través de los diarios, y
en presente, con la presencia del autor y su relación con Fernández-
Arroyo y su esposa. Ella, de gran condición intelectual y humana,
confiesa la extraña relación para con el marido, especialmente antes de
comprometerse formalmente. No es extraño que después confesara
irónicamente: «Me casé con un viudo», aunque recordara con afecto a
Edelgard, conservando en casa algún recuerdo suyo.
La variedad de registros narrativos es abundante y
compleja. El lector avanza sin aliento por estas páginas descubriendo
paulatinamente la visión adolescente y espontánea de la chica alemana y
la de la formación médica de Fernández-Arroyo. Pero el lector asiste
además al proceso creativo, verdadera obsesión para el autor, casi
derrotado en muchos momentos por el esfuerzo. Se repiten los viajes a
Alemania, el éxito en las gestiones, el hallazgo de la tumba de Edelgard
y el recuerdo de Fernandez-Arroyo, como se observa en el regalo que
para él traerá de Alemania: «Corto con el mayor cuidado dos de esas
pequeñas ramas. Una es para José. Cuando regrese a España le hablaré de
este árbol grande y sano. Le diré que duerme a la sombra de ese árbol,
en el bosque más hermoso» (p. 235). La novela avanza paralela al
retroceso vital de Fernández-Arroyo, desesperanzado ya: «José me había
confesado que lo único que le ataba a la vida eran Lolita y el deseo de
leer estas páginas que ahora concluyen» (p. 580).
El final es la confluencia de todos los elementos humanos
que el novelista ha manejado con excelente pulso literario y multitud de
recursos expresivos. Todo desemboca en la desgarrada petición que
Edelgard y José, separados por el espacio y el tiempo, hacen en momentos
decisivos de su vida: «-Tengo frío (…) abrid la ventana para que pueda
entrar el sol». Es el final simbólico de una larga experiencia humana
que José Antonio Abella ha universalizado con inusitada maestría.
De
polimórfica, en el sentido más pleno de la palabra, puede calificarse
esta novela de José Antonio Abella. Su llamativa extensión se explica
por sus estratos argumentales, patentes en la variedad de voces.
Básicamente, La sonrisa robada
refleja la relación epistolar, entre enero de 1949 y diciembre de
1953, del poeta español José Fernández Arroyo y la joven alemana
Edelgard Lambrecht.
Conocedor de esta experiencia, José Antonio
Abella decide escribir esa novela que esconde materiales preciosos: los
diarios del escritor, los de su esposa Lolita y el epistolario de
Edelgard.
El resultado son unas páginas apasionantes, pero a las
que el lector debe acercarse con cautela y sin urgencia. El mundo
personal de los tres personajes y el ambiente de la Segunda Guerra
Mundial serán una feliz obsesión para el novelista. Es evidente que un
mundo tan complejo exige esfuerzos creativos intensos para plasmar la
abundancia documental y las voces diferentes. El autor adopta la
tercera pero (consciente del esfuerzo que supone ir a conocer el mundo y
espacio en el que Edelgard vivió) lleva a cabo una desbordante
investigación.
Esos esfuerzos, plasmados en tres viajes a
Alemania, se reflejan en una especie de sugestivo cuaderno de bitácora.
Como trasfondo esencial surgen los diarios de Fernández Arroyo, los de
su esposa Lolita y las cartas de Edelgard.
El final presenta un
sabor agridulce. El escritor visita a Arroyo en Madrid para enseñarle
el borrador de la novela, antes de iniciar su tercer viaje a Stettin.
Desde allí, el escritor y su esposa envían una carta al poeta, que al
final de la obra pide: «Tengo frío, abrid la ventana para que pueda
entrar el sol».
Que alguien te pida ayuda en el diagnóstico de una patología,
es lo normal en la vida de un médico, pero cuando la paciente se trata
de la hija de un alto cargo nazi, fue torturada por las tropas aliadas,
lleva décadas muerta y el relato de sus síntomas ha sido extraídos de
unas cartas de amor, sabes que tienes por delante un viaje fascinante.
Si además acabas siendo parte de una novela, ese viaje se convierte en
un privilegio.
Este es sin duda el acto médico más extravagante que he vivido nunca.
Un diario, un lapicero para subrayar e internet han sido mis únicas
herramientas diagnósticas. Sin exploración, sin historia previa, solo
descripciones que podrían traducirse como síntomas y medias palabras que
quizás eran signos. Y las fotos amarillentas de una joven que era
incapaz de sonreír, Edelgard.
José Antonio Abella (médico y escritor) decidió hace ya años,
investigar la vida de esta mujer alemana basándose en el diario de su
amigo José Fernández, el joven español con quien se carteó y de quien se
enamoró Edelgar en los años 50. Un intercambio epistolar apasionado,
lleno de ternura y de frustración, de palabras no dichas y de historias
que solamente se leen entre líneas. Pero Abella fue mucho mas allá y
dedicó años a investigar esa parte de la historia que produce pudor
contar, lo que pasó con la población civil alemana al final de la
segunda guerra mundial y las terribles atrocidades que se cometieron;
esa parte de la historia que todos hemos preferido ignorar como moneda
de cambio del salvajismo nazi. La sonrisa robada es el resultado de su esfuerzo. Una
novela donde se mezcla historia, medicina, romanticismo, amistad,
realidad y ficción. Capítulos que se mueven en el tiempo, unos ocurren
en la posguerra inmediata o en los años 50 y otros en el presente. Y
sorprendentemente, ahí estoy yo, sentada en varios capítulos con mi
nombre y apellido; como médico y como lectora compulsiva, no puedo pedir
más.
Preveo que este libro será un enorme éxito, sus páginas te enganchan,
te conmueven, te zarandean por dentro y te atrapan. Desde aquí le
agradezco a José Antonio Abella el haberme permitido ser parte de la
historia de Edelgard y Jose y el haber confiado en mí diagnóstico.
Edelgard, a quien nunca conocí ni traté, será ya siempre mi paciente más
inolvidable.
A petición de varios asistentes a la presentación de "Cómo hablamos y escribimos" efectuada en Segovia el 2 de mayo de 2012, reproducimos el texto de la intervención de Francisco Otero, publicado días después por El Adelantado de Segovia.
Cómo hablamos y escribimos,
de Alberto Martín Baró
TRIBUNA Francisco Otero Martín
Francisco Otero
Yo, que soy un pobre náufrago sin ni siquiera isla, un náufrago en medio de la calle, rodeado de otros náufragos que parecen felices, saludo con alegría, con la misma alegría que sintió Robinson con la aparición de Viernes, la publicación del séptimo volumen de la editorial Isla del naufrago que crearon en 2010 José Antonio Abella y María Jesús.
Para Robinson Viernes significó la posibilidad de hablar, de pensar, de salir de su soledad.
Algunas personas encontramos en los libros ese amigo interlocutor con el que podemos establecer un diálogo.
Permítanme que les hable de un recuerdo de mis años de estudiante de Bachillerato. A veces mi madre hablaba, muy enfadada, de un familiar cercano que trabajaba en el canal de Isabel II, del que decía que se gastaba el dinero de su salario en peliforras. Yo creía entonces que esa palabra era un insulto inventado por mi madre y que no existía en el Diccionario, pero años después comprobé que yo estaba equivocado y que significa eso que ustedes están imaginando.
Quiero decir con esto que el lenguaje, que es el invento más antiguo, al tiempo es el más moderno porque sigue estando vivo. La lengua necesita ser re-creada, re-inventada por cada individuo. Como en la siguiente situación: en el mercado de los jueves en la Plaza una señora pide al vendedor de verduras, un joven, una lechuga romana; el muchacho le ofrece una y la señora le pregunta “¿está tierna?”, “tierna como una noche de bodas”, le responde.
En un viaje por la Sierra de Francia Unamuno y Don Agustín del Cañizo, catedrático de la Facultad de Medicina, entraron en una taberna en la que estaban jugando a las cartas unos aldeanos. Uno de ellos, dirigiéndose a los forasteros les dijo “qué gran invento es el de la baraja”, a lo que Unamuno respondió “yo creo que el mejor invento es la cama”. Ya saben que Unamuno elegía estar tumbado como Proust, Valle-Inclán, Aleixandre, Onetti… Otro de los jugadores le replicó que el más antiguo y mejor invento de la humanidad era el lenguaje.
Y de este maravilloso invento y de la escritura trata el libro de Martín Baró. Son una gavilla de artículos luminosos y transparentes sobre las funciones del lenguaje y sus usos y abusos; una materia ésta nada sencilla de explicar y en la que ha habido numerosos naufragios. En España se dice que la letra con sangre entra. En la pluma de Alberto la palabra viva y las letras son enseñadas con amor y paciencia franciscanas. Los artículos, ahora recogidos en este volumen fueron publicados anteriormente en El Adelantado de Segovia. El desaparecido diario Informaciones inauguró en 1977 una sección, El dardo en la palabra de Fernando Lázaro Carreter, que tuvo mucha resonancia. El profesor Lázaro en sus artículos ejercía una función crítica y divulgativa del mal uso de nuestro idioma. En ocasiones, el autor, desde la prepotencia y la soberbia, zahería recurriendo a la ironía, el sarcasmo y el desprecio.
Los artículos de Alberto Martín Baró enseñan, con un tono amable y didáctico, algo más que Gramática, los usos cambiantes de las palabras y sus significados, —ya que la lengua es un ser vivo y sólo está muerta cuando deja de hablarse—, las funciones del lenguaje y las influencias de otras lenguas en el español. Destaca su llaneza alejada de toda afectación, su economía de medios, su destreza y habilidad para explicar las cuestiones de la lengua En ocasiones, su pluma nos desvela aspectos de la intimidad de su casa, de su familia, de su padre, el notable periodista F. J. Martín Abril, de Julieta, la perra golden de sus hijos, como plataforma para atraer al lector y explicarle mejor las acepciones de celo y celos, de obreros y operarios, de sueño y sueños, de lo previsto y lo entrevisto…. Me permito hacer una recomendación a los editores: recoger en un Índice las palabras y conceptos tratados para facilitar su consulta.
A. Martín Baró en sus artículos va más allá de las palabras y de su uso porque pertenece a la categoría superior de los seres que son capaces de sentir asombro, asombro ante la belleza de un paisaje, de un poema o de una melodía. Y del asombro pasa a la admiración. Creo que no podemos amar nada ni a nadie si no sentimos admiración.Y este libro rezuma curiosidad, dedicación y amor a nuestra lengua.