Calle Feria en El Cuaderno, revista mensual de cultura

Crónica apócrifa de una ciudad
Nueva edición de una novela deslumbrante
Tomás Sánchez Santiago Calle Feria Segovia, Isla del Náufrago, 2014 632 pp., 24,00 €

/José Ángel Barrueco/

En el año 2007 nos deslumbró la lectura de Calle Feria, la primera y por ahora única novela de uno de los escritores más talentosos y secretos del panorama literario contemporáneo: el zamorano, afincado en León, Tomás Sánchez Santiago.
Por entonces la publicó Algaida porque acababa de obtener un premio; pero el galardón es lo de menos: los premios se olvidan, las obras perduran. Y es esta una obra que perdurará y que ahora edita de nuevo, con mimo, la editorial segoviana Isla del Náufrago. Un libro que nos hipnotizó en su momento y que, estoy convencido, fascinará hoy a quienes aún no lo conozcan.

Uno de los mejores

De Tomás no puedo hablar objetivamente porque lo he considerado siempre como uno de mis maestros. Maestro de la literatura, pero también maestro de la vida. Ejemplo a seguir y amigo en la distancia.
Tomás es lo contrario de esos escritores obstinados en publicitar su imagen y quedar guapos en las fotos de las ferias literarias y los saraos y en conseguir reseñas aunque deban doblar el espinazo ante cualquiera, más empeñados en esa labor de ascenso que en construir una bibliografía sólida, madura y paciente.
Si lo conozco de veras, y creo que sí, Tomás procura ser esquivo con todo lo que huela a entrevista, a reportaje en el que él sea el epicentro, a parabienes que lo ensalcen. Al final, si lo presionas demasiado, acabará aceptando a regañadientes porque su naturaleza benévola, humilde, le impide hacer faenas a terceros. (...)

CALLE FERIA en "La tormenta en un vaso"

José Miguel López-Astilleros


A finales de 2006 se le otorgó a Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957) el XI premio Ciudad de Salamanca de novela por Calle Feria. En 2007 la obra fue editada por Algaida. Siete años después es muy difícil encontrar un ejemplar de la misma, puesto que quien tiene el privilegio de poseer uno y haberlo leído, no se desprende de él, por algo será. Esta nueva edición en Isla del Náufrago, revisada y corregida por el autor, viene a poner a disposición de nuevos lectores una obra que creemos imprescindible, con ello sale gozosamente del silencio al que se la había condenado desde hacía años. No es cierto el tópico de que a los poetas se les suele resistir la prosa. El caso de T. S. S. es un ejemplo claro y evidente. Sin dejar de ser en todo momento un gran poeta, también es un gran escritor de ensayos, relatos y novela, como lo atestigua esta obra.
Calle Feria podría ser la calle de Zamora donde se crió Tomás, pero también la calle donde crecimos cada uno de nosotros, nuestra calle mundo, donde tras lo anecdótico se esconde el descubrimiento de lo extraño que son los seres humanos a ojos de un niño, un adolescente o un adulto melancólico; así como extrañas y perversas son las consecuencias políticas y sociales de una feroz guerra civil, que impregnaría de grisalla la vida durante muchos años, de cuya tristeza era difícil escapar, como no fuera por medio de la imaginación y el humor, o el cine. Esta Calle Feria es la espina dorsal en torno a la cual se tejen múltiples relatos que, amalgamados en su diferencia, conforman su historia ficticia y real a la vez, que es la de los pequeños comerciantes y quienes por allí se aventuran, que a su vez refieren otras historias, hasta llegar al relato de personajes humildes, de lo minucioso y de los objetos donde recala la cotidianeidad y la trasciende con un lirismo esencial. No obstante, hay que matizar que nadie espere un impronta costumbrista en todo esto, sino poética. En esta calle se dan cita palomeros, sastres, barberos, confiteros, zapateros, guarnicioneros y toda una pléyade de dependientes y comerciantes, cuyas actividades comerciales muchas de ellas han desaparecido hoy día, y que junto con los míticos viajantes procedentes de tierras lejanas son los protagonistas, pero no sólo ellos, sino las palabras y los relatos que se intercambian. Asistimos, por ejemplo, al discurso filosófico de un barbero prodigioso, a las crónicas cinematográficas de un crítico amateur, a quien la censura oficial de aquellos años intenta reconvenir, al descubrimiento del erotismo y la sexualidad de dos amigos que comparten el mismo amor, como prueba de amistad e inquebrantable lealtad, y que más adelante se cuentan uno a otro historias como la del hombre del tatuaje de la serpiente, el cuento maravilloso sobre el encargo que recibe Paulino, el zapatero, o el de una humilde limpiadora, que se comunica con su hijo emigrado a Cuba a través de un singular reloj de pared, o una fantasía sobre el poeta Federico García Lorca.
El estilo es fragmentario, como en buena parte de la narrativa moderna. No sólo incluye narraciones más o menos clásicas, más o menos cervantinas, sino otros géneros literarios como crónicas periodísticas, informes gubernativos, ensayos poéticos, como el que trata sobre la pintora Delhy Tejero, en el cual se nos narra con intensa emotividad y lirismo el retrato que le hizo a una confitera, víctima del poder autoritario que ejercía el hombre, su marido, sobre la mujer, su esposa; pero también una apología del pequeño comercio, así como las tribulaciones de un personaje en un supermercado moderno y el menosprecio irónico del mismo. Dos características esenciales son el humor, diseminado casi por todo el libro, unas veces reflexivo, otras veces amargo, paródico o simplemente lúdico; y la otra se refiere al lenguaje, que va desde un clasicismo ejemplar, a un vanguardismo que nos recuerda a Georges Perec o a Julián Ríos; ambas características pueden verse al unísono en el divertidísimo “Monodia de la E”; aunque aparte de este, son constantes las diferentes perspectivas estilísticas y léxicas desde las que se nos muestra la realidad a la que hace referencia el texto.
Calle Feria está escrita con la lentitud de una cocción al amor de la lumbre, sin prisas y sin plazos, haciendo que cada una de las palabras, escogidas con sabiduría y tino, liberen todo su sabor al conjunto, de modo que el entramado de historias se erige así en una construcción firme, de una dureza diamantina en el cuidado del lenguaje y una exquisita sensibilidad en el trato de la materia narrativa, de los personajes y de la memoria de un tiempo que alberga vidas y emociones, esplendorosas en su revelación a través de las palabras, del mismo modo que las traídas por los viajantes «Y era en esos juegos de palabras donde los niños aprendíamos un abecedario decimal y lleno de relámpagos que ya nos acompañaría para siempre, nos estañaba en la boca con la saliva dulce de nombres que jamás se oían en otros espacios de la ciudad, la ciudad gobernada por el gemido indigesto propio de un país con olor a orín envejecido, encelado en conservar en hielo negro, amortecida y triste, la canción de la vida» (págs. 74 y 75).
Debido a que la expresión “obra maestra” ha perdido todo su valor a fuerza de calificar con ella a libros comerciales e insulsos, diremos que Calle Feria es más que una obra maestra, es un libro ameno, divertido y profundo, que cualquier lector sensible agradecerá, entre tanta hojarasca. Al menos esa ha sido nuestra experiencia lectora, que a buen seguro se repetirá en quien se decida a pasear por esta Calle Feria. Y además el tamaño de los tipos de esta nueva edición es generoso, algo de agradecer en un libro de estas dimensiones.
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CALLE FERIA: Isla del Náufrago, Segovia, 2014. 632 pp. 24 € (De venta exclusiva en  www.isladelnaufrago.com)

Premio de la Crítica de Castilla y León

El XII PREMIO DE LA CRÍTICA  de CASTILLA Y LEÓN, promovido por el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, ha sido otorgado a una de las obras publicadas por Isla del Náufrago. La abrumadora cantidad de noticias, reseñas de prensa y comentarios diversos que se pueden consultar en Google hace imposible su recogida completa en este blog de amigos. Por ello, sólo incluiremos dos, una de El Norte de Castilla y otra del Blog La Acequia, de Pedro Ojeda. Muchas gracias a todos aquellos que habéis felicitado a la editorial y al autor de la obra.

       
CULTURA

‘La sonrisa robada’, de José Antonio Abella, Premio de la Crítica de Castilla y León

Una novela “ambiciosa, difícil y conseguida”, según Gonzalo Santonja

05.03.14 - 15:01 -


Jose Antonio Abella con su libro 'La sonrisa robada'. / Henar Sastre
‘La sonrisa robada’, de José Antonio Abella, ha sido la obra ganadora del XII Premio de la Crítica de Castilla y León. Se trata de una novela “ambiciosa, difícil y conseguida”, según señaló ayer, en Ávila, Gonzalo Santonja, copresidente del jurado junto con Carlos Aganzo, al darse a conocer el fallo. El escritor burgalés se impuso así a los otros ocho finalistas: Juan Pedro Aparicio, Eduardo Fraile, José Manuel de la Huerga, Julio Llamazares, Luis Javier Moreno, Moisés Pascual Pozas, Agustín Remesal y Francisco Rodríguez Adrados.
La obra elegida es “una novela muy arriesgada” que “puede gustar a un público muy diverso”, según afirmó Pedro Ojeda, de la Universidad de Burgos, uno de los portavoces del jurado. El protagonista es el poeta español José Fernández Arroyo y la historia se fundamenta en la correspondencia que éste intercambio, entre enero de 1949 y diciembre 1953, con la joven alemana Edelgard Lambrecht. La obra de Abella relata el sufrimiento del pueblo alemán tras la caída del nazismo y el sueño de toda una generación que “tiene que reencontrarse” tras la II Guerra Mundial. Ojeda destacó, “por su belleza”, los “extraordinarios” inicios de los capítulos.
La jefa de la sección de Cultura de El Norte de Castilla, Angélica Tanarro, también portavoz del jurado, se encargó de repasar la trayectoria del ganador, quien “se ha impuesto a nombres más conocidos y más mediáticos”. José Antonio Abella, médico de profesión comprometido con distintas causas sociales, publicó su primera novela, Yuda, en 1992 y desde entonces ha llevado a cabo una sólida carrera literaria. ‘La sonrisa robada’ es, en opinión de Tanarro, “su mejor obra” por “su originalidad y complejidad”.
Mucha calidad
El director de Políticas Culturales de la Junta de Castilla y León, José Ramón Alonso, destacó la “calidad” tanto de los miembros del jurado como de las obras finalistas, donde se combinaron distintos géneros y “personas con una trayectoria consolidada con personas emergentes que están todavía creando lenguajes nuevos”. “Los tiempos de crisis suelen ser tiempos enormemente creativos en la cultura”, añadió.
Por su parte, el alcalde de Ávila, Miguel Ángel García Nieto, agradeció al Instituto Castellano y Leonés de la Lengua que haya elegido la capital abulense, por segundo año consecutivo, para fallar el Premio de la Crítica. “Para nosotros es un privilegio –afirmó–. Ávila es una ciudad de letras, ya que tenemos unos escritores actuales y de pasado formidables”.
Hay que recordar que el ganador de la pasada edición del Premio de la Crítica de Castilla y León fue el escritor, ensayista y poeta José María Merino, por su obra ‘El río del Edén’.

  La sonrisa robada, de José Antonio Abella, XII Premio de la Crítica de Castilla y León


El Jurado del Premio de la Crítica de Castilla y León, del que soy miembro, reunido esta mañana en el Palacio de los Verdugo de Ávila, ha otorgado el Premio correspondiente al año 2013 a La sonrisa robada de José Antonio Abella (Segovia, La Isla del Náufrago, 2013).
La novela reconstruye la historia de las relaciones entre el poeta y escultor José Fernández-Arroyo y una joven alemana, Edelgard Lambrecht a partir del diario del artista y la correspondencia de Edelgard, mantenida entre los años 1949 y 1953. Se enmarca y completa con el viaje del narrador a Alemania con la finalidad de conocer los lugares en donde vivió la joven y encontrar los datos que proporcionen la visión desde su perspectiva. Este doble tiempo (presente-pasado) y doble y hasta triple ángulo (narrador / José Fernández / Edelgard) es sutilmente usado como parte de la fábula y viene a cumplir, en un juego metaliterario, el impulso interno de lo que se cuenta hacia su necesaria construcción como novela.
En La sonrisa robada hay una historia de amor intenso y hermoso que marca la vida de los protagonistas, pero también mucho más. Es también la historia de un sueño que impulsa al protagonista y atrapa al lector, un viaje hacia los sentimientos y hacia la ilusión que mantiene una vida en medio de la devastación propia de una postguerra como la de la II Guerra mundial. Abella nos guía por el extraordinario viaje que lleva a un joven desde la España de los primeros años de la gris dictadura franquista hasta la Alemania que intenta reconstruirse pero vive marcada por las huellas de la guerra en todos los sentidos: el pasado nazi, la irrupción de los soldados soviéticos y la desmembración del país y el presente de Edelgard en el que no todos podrán encontrar un hueco en la nueva realidad. Es un triple viaje: el del narrador, el del protagonista y el de toda una generación de europeos, contado desde una perspectiva poco frecuente. Un riesgo asumido por el autor del que ha salido con éxito gracias, en gran medida, a una narración precisa no exenta de lirismo y pasajes sobrecogedores. Los inicios de cada capítulo son magníficos. Todo, además, lleno de referencias musicales que potencian lo contado.
La sonrisa robada, sin duda alguna, es una novela atractiva para un lector muy variado: atrapa por el argumento -una gran historia de amor-, por las dosis de intriga con las que se desgrana, por la profundidad del análisis de los sentimientos más nobles en tiempos violentos y poco propicios, por la reconstrucción individual y colectiva de una Europa que sale de un conflicto tan brutal como fue la II Guerra mundial y por el estilo narrativo.

Leer más: http://laacequia.blogspot.com/#ixzz2vXUvx09q
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LITERATURA DEL RIESGO en Granite & Rainbow


Interesantísima revista literaria, dedicada en este número a la LITERATURA DEL RIESGO. En las páginas 43-45 se puede leer una excelente reseña de "La sonrisa robada", novela publicada por Isla del Náufrago, ediciones.

Es posible descargar la revista completa en este enlace:

http://www.graniteandrainbow.com/wp-content/uploads/2013/10/GR25.pdf

CULTURAMAS

  "La sonrisa robada" en CULTURAMAS



La sonrisa robada. José Antonio Abella. Isla del Náufrago, Segovia, 2013, 632 págs., 20 €. De venta exclusivamente en www.isladelnaufrago.com.
Por José Miguel López-Astilleros


PortadaLaSonrisaRobadaJosé Antonio Abella (Burgos, 1956) es médico, escultor y escritor. Vive en Segovia, donde desarrolla con acierto estas tres actividades. Como escritor, entre sus últimos trabajo destaca el excelente libro de cuentos Unas pocas palabras verdaderas y otros falsos relatos (Isla del Náufrago, 2010). También es el responsable de la editorial mencionada, que ofrece una edición de alta calidad, cuyos libros se venden sólo a través de su página web, sin gastos de envío; sólo así es posible que el 75% de los beneficios se dediquen a seguir editando y el 25% restante a proyectos de cooperación.
Lo primero que habría que decir de esta novela es que estamos ante una hermosa historia de amor entre el poeta manchego del postismo José Fernández-Arroyo y Edelgard Lambrecht, una joven alemana cuyo padre era oficial de las SS durante la Segunda Guerra Mundial. José Antonio Abella, tras leer los diarios del poeta Edelgard, diario de un sueño, 1948-1953 (Libros del Innombrable, 1991) y No es un sueño (Libros del Innombrable, 2007), queda fascinado por el intercambio epistolar que mantuvieron ambos entre enero de 1949 y diciembre de 1953. Fernández-Arroyo animó al escritor a que plasmara en una novela la apasionada y dificultosa relación que mantuvieron. Con este deslumbramiento y esta sugerencia, arranca una investigación que duró tres años y que fructificó en este magnífico libro.
A través de los diarios de José, las cartas de Edelgard, las pesquisas y el primoroso novelar de Abella, que coincide con la voz narrativa que sirve de hilo conductor y aglutinante, nos adentramos en el alma de los dos protagonistas principales, que irán desnudando sus corazones uno al otro, hasta crear entre ellos unos lazos más fuertes que el tiempo, como demuestran sus testimonios. Pero esta historia quedaría incompleta sin la revelación de la compleja personalidad de otros personajes, que están estrechamente imbricados entre sí, sobre todo con Edelgard, quien nos presenta a su no menos fascinante hermana, Sigrid, y a su padre, Oskar Lambrecht, además de otros personajes esenciales en la evolución de ella misma y de los sucesos que le cuenta a su amado. Respecto a José, la aparición de Lolita, su futura esposa, tiene una importancia vital tanto en su vida como en la novela, de quien Abella, con una delicadeza de orfebre, nos muestra su enorme ternura, comprensión, generosidad y talla humana.
Pero La sonrisa robada no es sólo una novela de personajes, de personas sería mas exacto decir; también es la novela de un tiempo histórico convulso y desgraciado. Con las palabras de José, Edelgard y Abella asistimos a la reconstrucción de unos trágicos acontecimientos que tuvieron lugar durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Lo novedoso, o mejor, lo particular del planteamiento de esta obra es que, mientras hay miles de libros que nos cuentan los horrores cometidos por el ejército nazi, la perspectiva que se nos ofrece es la contraria, a saber, los horrores que cometieron las tropas rusas y los aliados en su camino hacia Berlín: saqueos, violaciones, torturas, asesinatos y vejaciones sin límite, que prueban que la crueldad siempre es patrimonio de los vencedores, sea por venganza o por simple brutalidad, ejemplo de ello es la dramática narración del bombardeo indiscriminado sobre Stettin y Dresde. Si el autor exhibe una cuidada exquisitez en el tratamiento de los personajes, aquí también está presente ese cuidado, puesto que no hay defensa ideológica o política que no emane del punto de vista humano de los que sufren, desde el que están presentados los hechos; tanto es así, que hay algunos momentos en que los crímenes cometidos contra los judíos y la población civil alemana están situados en el mismo bando, en el de las víctimas causadas por la ferocidad y la iniquidad del ser humano contra sus semejantes. Será el lector quien habrá de extraer la lección moral, ¿cabe mayor respeto y sutileza?
Una novela sobre la fuerza del amor verdadero, la generosidad y la entrega incondicional, pero también sobre la maldad y el dolor. Escrita con un estilo magnético y subyugante, que  hace difícil abandonar su lectura una vez comenzada.

 Fuente:

"La sonrisa robada" en ALENARTE

Reseña de "La sonrisa robada" en ALENARTE

Por AMANDO CARABIAS

Conocer a José Antonio Abella (Burgos. 1956) —médico, escultor, escritor y editor—, residente en Segovia desde hace más de veinte años, podría hacer sospechar que mi opinión se tiñe de cariño y. por tanto, no soy objetivo. Sin embargo, cuando reseño libros de amigos y conocidos mantengo, primero, que la objetividad no existe, pues somos sujetos; y, segundo: procuro que la amistad no empeñe ni empañe mi juicio, sino que me ayude a penetrar en detalles que me pasarían desapercibidas. Así que quienes hayan leído esta novela, espero que me perdonen la contención, pues procuro ser prudente para evitar daño en la obra reseñada: el exceso de elogios lastima más que ayuda.
Centremos el asunto. Leemos en la contraportada de la novela.

Entre enero de 1949 y diciembre de 1953, la joven alemana Edelgard Lambrecht y el poeta español José Fernández Arroyo intercambiaron un intensa correspondencia que marcaría la vida de ambos.
Basada en las cartas manuscritas de Edelgard. en el diario de José y en años de investigación documental sobre la Segunda Guerra Mundial y su posguerra inmediata, esta novela constituye un singular testimonio del sufrimiento del pueblo alemán tras la caída del nazismo, cuyos innumerables crímenes no sirven de justificación a la barbarie que las tropas aliadas, especialmente las soviéticas, ejercieron sobre la población civil de un país convertido en ruinas. (...)
''Todo lo perdimos —escribe Edelgard en la primera de sus cartas—: nuestra madre, nuestros dos hermanos y otros parientes próximos, la patria y los bienes; también nuestra salud sufrió mucho..." (...)

Así pues. La sonrisa robada es la búsqueda de un tesoro escondido contada a través de la peripecia del propio autor. En cierto sentido —aunque no sólo—, es un cuaderno de bitácora donde se plasman investigación, descubrimiento y ahondamiento de una verdad que quizá sorprenda, narrada, además, con el estilo de Abella que nos ha entregado durante estos lustros obras memorables, al menos para mí, como Yuda, Crónicas de Umbroso, Tierra leve. El balcón de la mirada o Unas pocas palabras verdaderas.

Presentación en Segovia
Durante la presentación de la obra, el 13 de abril pasado en el Centro de Interpretación de la Judería de Segovia, el autor refería esa verdad descubierta durante su investigación y documentación. La historia la escriben los vencedores, quienes se apresuran a tapar sus tropelías; pero siempre intuí que la población alemana sufrió algo similar a lo que su ejército hizo sufrir a otros. Tras leer la novela, esta intuición, a la que llegué aplicando la 'lógica' bélica, cobra carácter terrorífico y hace que crezca la repulsión hacia la insaciable sed de destrucción, odio y venganza que parece anidar en los corazones humanos. Los datos convierten mi intuición en sombra de humo.

Aclaro rápidamente —para evitar sospechas—: el autor no podrá ser tachado de filonazi o similar, salvo que se quiera calumniarle. A poco que se lea esta novela y su obra previa, tal cuestión se descartará. Por el contrario, Abella repudia cualquier violencia y queda anonadado ante la repetición de los genocidios a lo largo y ancho de la historia y del Planeta. Quien haya leído su novela Yuda sabe de qué hablo. Yuda es un judío segoviano que tiene que salir de su ciudad en cumplimento del decreto de expulsión y cuenta su experiencia de diáspora desde Sefarad. Pues bien, la misma emoción dolorosa que se transmite por la expulsión de los judíos españoles, encontrará en La sonrisa robada cuando se topa con esa parte de la historia que se nos ha ocultado. ¿Se podrá oponer a mi argumento que si el ejército nazi no hubiera cometido genocidio contra judíos y otros pueblos o minorías, el ejército de Stalin no se hubiese comportado con tal saña? ¿Podrá argüirse que si Hitler no hubiera ordenado los bombardeos sistemáticos y dañinos sobre Inglaterra, la Air Forcé con sus aliados norteamericanos no habrían masacrado Berlín, Düserdolf, Dresde, Sttetin...? A mi modo de ver no es argumento la venganza, la aplicación taxativa, sin matices ni proporción de la inhumana ley del taitón. Como decía Gandhi —y recoge Abella—: «Ojo por ojo. y todo el mundo acabará ciego».

Otra pregunta sobrevuela la novela: ¿La población alemana podía no ser nazi o, al menos, simpatizante del nazismo durante aquellos años? Aunque muchos supieran lo que sucedía y callaban, la mayoría no era capaz de imaginarlo. Los criminales eran esposos, padres, hermanos, hijos, cuñados, amigos de alguien que no estaba en el frente, que no podía sospechar que en el frente y en los campos de exterminio actuaban como carniceros.
Los sistemas fundados y alentados por el mesianismo destruyen el libre pensamiento, pues su cimiento evita la educación de la razón, del pensamiento de ideas, de la libertad de opinión y crítica; por el contrario, se adoctrina, y no sólo en escuelas, usando todos los medios al alcance del poder, que son muchos. El mecanismo es antiquísimo, simple y eficaz: repetir constantemente (con insistencia de plomo —diría Abella—), la misma idea desde la infancia: aunque la afirmación sea mentira, se hace sustancia del pensamiento y creencias individuales y colectivas. Cuando la educación se basa en fe o irracional seguimiento del líder, se está adiestrando a soldados que entregarán la vida o, en su defecto, cumplirán toda orden del todopoderoso líder. Dice Abella: «La fe separa y la duda une». Estoy conforme y roo con rabia los versos del Nobel ruso Solzhenitsyn, orla del libro:

"La niña yace muerta en el colchón, / ¡¿Cuántos se han acostado en él?! / ¿Un pelotón, quizá una compañía? / Una chica convertida en mujer, / una mujer convertida en cadáver. // Todo se reduce a frases simples: / ¡Nada se olvide! ¡No perdonemos! / ¡Sangre por sangre, diente por diente!"

¿Trata La sonrisa robada sobre la II Guerra Mundial? No sólo. Esta novela —poliédrica, compleja y ambiciosa—, sin buscarlo, se topa, por así decir, con parte de las atrocidades de la II Guerra Mundial. Me explico.

Como un regalo para su amigo Pepe, Abella rastrea qué fue de Edelgard Lambredcht, la joven alemana con quien mantuvo un idilio epistolar durante cinco años (entre 1949 y 1953), recogido por el poeta manchego en "Edelgard" diario de un sueño (1948-1953) (Diputación de Ciudad Real. 1991). Abella y los lectores del diario del poeta sabemos la historia, pero sólo conocíamos la versión de Fernández Arroyo. Abella sintió una especial atracción por la figura de la muchacha alemana, nacida en Stettin (actualmente Szczecin, Polonia) en 1926, y que, tras el final de la contienda, fue deportada a Flensburg donde se carteó con el poeta, quien la visita en 1953. Abella da un paso inmenso: completa la historia buscando las huellas de la vida Edelgard, hacer real el sueño de José Fernández Arroyo. La novela arranca del libro de Pepe y las conversaciones mantenidas sobre este asunto, recrea ese viaje en autostop de 1953, y, a la vez, recrea cinco años de misivas que, casi desde su inicio es idilio.

Como se deduce por las fechas y lugares citados, la ominosa guerra forma parte necesaria de la historia. Otra cosa hubiera sido increíble. Al aparecer la guerra en Stettin con su rostro más cruel (bombardeos aéreos, saqueo, deportación de la población por el inmenso crimen de ser alemanes), la historia toma una dimensión trágica, pero, al mismo tiempo, más emocionante, porque lo que importa de la novela es el triunfo de la vida, la lucha por sobreponerse al dolor, a la adversidad, a la enfermedad. Incluso cuando el dolor se clava en la entraña, la adversidad nos despoja y la enfermedad nos acompaña a la muerte.
Edelgard, la mujer de la sonrisa robada —la lectura del libro desvelará este misterio—, representa esa lucha, el amor intenso a la vida a pesar de todo, incluso intuir lo que sucedería.

Reconstruir la biografía de Edelgard Lambrecht partiendo de un nombre, unas cartas sin referencias concretas y una dirección de hace sesenta años en una ciudad del norte de Alemania no es sencillo. Hay que tener muchos arrestos y estar seducido por este asunto para embarcarse en semejante aventura.
¿Es más La sonrisa robada?
La novela es poliédrica, repito, y ya he señalado tres caras: el libro de José Fernández, generatriz del relato: el sufrimiento del pueblo alemán tras la derrota del ejército nazi: la historia de Edelgard Lambrecht y su familia.

Expulsión de alemanes de los Sudetes
Señalo una cuarta, la que ahorma la novela: la búsqueda del autor. José Antonio escribe una bitácora del proceso personal y reflexivo que los continuos descubrimientos y dudas le han ido moldeando durante los más de tres años que duró la tarea, sobre todo en lo relativo al descubrimiento del sufrimiento del pueblo alemán, hasta ahora silenciado, o reducido a una nota a pie de página de la Historia. Esta novela no deja indiferente al lector. A poco que se enfrente a ella sin prejuicios, ve aflorar nuevos elementos fundamentales en nuestro paisaje de la memoria, por así decir. Es como si al restaurar un cuadro reapareciera un horizonte oculto para el espectador: no se altera lo que ya se conocía, pero la visión del conjunto se modifica. Consciente de lo que se trae entre manos, Abella camina junto al lector y le lleva de la mano mostrándole los datos que añaden nuevos perfiles a lo ya sabido. Ni niega ni desmiente lo conocido, nos hace comprender que se nos ha ocultado algo también horrible. Como dijo durante la presentación, sólo las falsas monedas tienen una cara. Las monedas verdaderas tienen dos caras y conviene conocer ambas.

La novela es arquitectura que sobrevuela sobre sólidos muros. Esto es parte fundamental del estilo, tarea de escritor. Aunque comparte cierta metodología con la investigación histórica y periodística, pues el trabajo de documentación en múltiples fuentes escritas y testimonios orales procedentes de EE. UU., Alemania y Polonia es exhaustivo, esta titánica tarea no pasa a la novela como sucesión de datos que ahogan la narración. Más bien la ingente documentación y testimonios manejados son sustrato invisible para el lector que, sin embargo, agradece esta labor pues sirve para acercarse lo más posible a la verdad. Tanto, que las partes en que el novelista escribe en estado puro, no son conjeturas verosímiles, sino probabilidades próximas a lo real.

El estilo de Abella es claro, preciso, sobrio e infatigable. Es sincero consigo mismo. No adopta poses de sabio que conoce de antemano lo que sucederá. Duda más de una vez. Está a punto de arrojar la toalla. Se asombra con los datos que aparecen ante su mirada sorprendida. Modifica sus iniciales premisas. Se emociona ante lo inesperado (como al tocar la tierra donde yacen las cenizas de Edelgard, uno de los instantes más estremecedores del texto, exento de recursos 'lacrimógenos'). Se adapta a la verdad que surge... Nada oculta al lector.

Como si construyera una trenza con cuatro tramas (el libro y los recuerdos de Pepe Fernández; la vida de Edelgard y su familia; el final de la II Guerra Mundial; su tarea de investigación y acercamiento) esculpe la novela que guarda una sorpresa que al lector le bordará un nudo en el corazón y le recordará al más hernioso de los amaneceres. El lector no merece que mi toipeza haga trizas esta sorpresa última, este clamor a favor de la esperanza, a favor de creer que, a pesar de todo y a pesar de cuantos a lo largo de la historia se empeñan en lo contrario, la vida siempre es más que la muerte y la esperanza siempre encuentra su camino y el amor vence, incluso sobre el territorio de la destrucción.

FUENTE:

Presentación en Valladolid de "La sonrisa robada", por Yolanda Izard

PRESENTACIÓN DE LA SONRISA ROBADA DE JOSÉ ANTONIO ABELLA

El Norte de Castilla, 11-5-2013

FUNDACIÓN SEGUNDO Y SANTIAGO MONTES. 10 MAYO 2013. 20h.

 Texto completo de Yolanda Izard

Buenas tardes, queridos amigos, veo que aquí estamos reunidos una buena representación de amantes de cuanto de bueno, saludable y gozoso hay en la literatura. Muchas gracias por acompañarnos en este día especial, en que presentamos una nueva novela, una sobrecogedora y estupenda novela, para ser más exactos, que tiene, además, un título evocador y, como veremos a lo largo de esta presentación, realmente acertado, La sonrisa robada.
El autor, José Antonio Abella, que es también su editor en “Isla del Náufrago”, ha encajado de manera admirable en su trabajo una doble labor de excelencia: por una parte el libro per se, en cuanto objeto, ha sido cuidado con una gran sensibilidad. Su cubierta en cuatricromía aporta un par de pistas sobre su contenido, la fotografía de una joven de enigmática mirada y otra más pequeña de un grupo de niñas alegres que agitan banderitas con la esvástica nazi, el símbolo que tanto horror, como todos sabemos, causó en el siglo XX. Por otra parte, el contenido del libro, su lenguaje y estructura, su intención y sus claves, sus hallazgos y sus conclusiones. En este sentido, La sonrisa robada puede considerarse una excelente y valiente novela documental basada en hechos históricos investigados y contrastados y en personajes reales, pero en cuyo vacío biográfico debe a veces el autor introducir su propia intuición, rellenando esos huecos que el olvido y las circunstancias han destruido para siempre, y encontrándose en ocasiones con sorpresas que hacen de la lectura de esta novela una experiencia difícil de olvidar. Y esto por desgracia no puede decirse de muchos de los libros que se publican en la actualidad.
José Antonio Abella sabe escribir y sabe de lo que habla. Como escritor, le asiste una labor amplia y concienzuda de amor a la literatura, con cuatro novelas publicadas, Yuda, La esfera de humo, Crónicas de Umbroso y La tierra leve, y un libro de cuentos, Unas pocas palabras verdaderas, que incluye tres narraciones que han obtenido prestigiosos premios internacionales, además de su labor en el foro literario Tertulia de los martes. También es escultor y médico, faceta ésta última de su actividad profesional quizá decisiva en la trama de la novela.
Decía Antonio Gamoneda que “la poesía no es un lugar adonde van a parar los cobardes”. Siempre me ha impresionado esta afirmación que a veces puede hacerse extensiva a algunas obras en prosa. Y es que, en efecto, para abrirse las entrañas hace falta mucho valor. Pero también hace falta mucho valor, como el que tiene en esta novela José Antonio Abella, para abrir las entrañas de la historia, sobre todo cuando no están aún restañadas las heridas y cuando se pretende contar desde un punto de vista poco frecuente y contra todo maniqueísmo los denigrantes excesos cometidos en Alemania por las tropas aliadas en la Segunda Guerra Mundial. E incluso se requiere un especial valor para abrir las entrañas de alguna de esas víctimas inocentes, como la protagonista de esta novela, afectadas de manera terrible y directa por los desgarros de la historia. Esos seres olvidados, cuyas sombras vagan aún no enterradas del todo a la espera de que se haga justicia con su memoria, y que un día, como si el azar no fuera sino una máscara del destino, alguien como Abella decide recuperar.
Yolanda Izard y J.A. Abella (Foto: Marco Temprano)
José Antonio Abella, partamos de este hecho incuestionable, ha tenido un valor extraordinario en estos dos sentidos: sacando a la luz las atrocidades cometidas por los aliados, especialmente los soviéticos, sobre las grandes ciudades alemanas y su población cuando la guerra ya estaba prácticamente ganada o cuando podían haberse evitado; y tratando de dilucidar, en una búsqueda incansable de comprensión y clarificación, las razones de la sobrecogedora mirada de esta joven alemana, Edelgard Lambrecht, que a los veintitrés años de edad, y entre 1949 y 1953, desnuda su corazón en una fecunda y amorosa relación epistolar mantenida con otro joven, el poeta español José Fernández-Arroyo. Estas cartas y el diario de Fernández-Arroyo, publicado con el título “Edelgard, diario de un sueño”, son el germen de esta novela, de este denodado esfuerzo de José Antonio Abella por comprender la historia de la posguerra alemana y la historia de Edelgard de modo simultáneo, y de mostrar sus indeclinables imbricaciones.
Abella sabe que si hay algo con lo que de verdad nos debemos identificar desde una perspectiva ética es con la fragilidad humana, la gran víctima de todos los demonios de la historia. Porque, estoy segura, “nada de lo humano le es ajeno”, “Homo sum, humani nihil a me alienum puto”, como escribió Publio Terencio Africano hace casi veintitrés siglos, tiempo más que suficiente para que como seres humanos lo hubiéramos aplicado en nuestras vidas. Quizá por esto, Abella decide recomponer los mosaicos esparcidos, rotos o perdidos de una parte esencial de la historia contemporánea que todavía hoy se considera tabú, a partir de la recomposición de esas otras teselas rotas o perdidas propias de la intrahistoria, la desgarradora vida de Edelgard y su familia, y lo hace desde el impulso de desvelar la verdad sin tapujos, y de hacerlo con un estilo poderoso. Por no hablar de un enorme trabajo de investigación que le lleva a viajar hasta tres veces a Alemania para entrevistar a cuantos podían ayudarle a reconstruir determinantes episodios de la desgracia de esta familia. Tanto que no estaría desacertada si considerara que esta novela son dos novelas en una pues la historia de las investigaciones del autor –que es también narrador y protagonista- adquiere un peso semejante en el libro y resulta no menos interesante y absorbente que la conmovedora de Edelgard.
Y es que Abella parte de la firme voluntad de aplicar su oído a la escucha atenta y entrañada de un alma humana como modo de dilucidar los entresijos de la historia. De este modo, se aleja de la fría manipulación de cifras, acciones bélicas y hechos abstractos de apariencia real y objetiva, que tantas veces desvirtúan el verdadero conocimiento del alcance del horror y del sufrimiento humano, para adentrarse en un alma, una solitaria alma, frágil, desvalida y enferma, que es a la postre el arquetipo de cualquier víctima de las frías y deshumanizadas decisiones tomadas desde lo alto y desde lo lejano por seres insensibles, que mueven sus fichas sobre un plano en lugar de hacerlo sobre el corazón de un hombre.
Decía hace poco José María Merino que el problema de los historiadores es que no han leído literatura, y estoy totalmente de acuerdo pues la historia no se suele escribir con el corazón. Por eso leer este libro merece la pena. Porque el lector va a encontrarse con todo lo que precisa un hombre para entender el sufrimiento y entender su génesis en las circunstancias que lo han alentado. Una novela debe justificarse por sí misma como hecho literario, no tiene por qué cumplir una función social. Bastaría decir, pues, que La sonrisa robada es importante porque está muy bien escrita y su estilo es hipnótico, porque su carga de lirismo y de profundidad son admirables, porque su lectura es amena y absorbente, tanto que se lee sin respiro, y porque además retiene en sus más de 600 páginas toda la utilería necesaria para ir ganándonos el corazón. Pero es que además se trata de una novela realmente interesante, y uno aprende con ella a revisar y reconstruir la verdadera memoria de la historia europea y a obtener aclaraciones y respuestas a episodios nunca suficientemente explicados o voluntariamente obviados por prejuicios o por posturas hipócritas.
 La corta y triste vida de Edelgard, lo repite en la novela su autor, podría entenderse como trasunto de la propia historia de la Alemania de aquellos años, entre los primeros de la Segunda Guerra Mundial, de entusiasmo desatado, hasta la inmediata posguerra, de caída en los infiernos. Alemania pasó de la inicial euforia, convocados sus habitantes por el relato de un mundo de presunta felicidad y de seres perfectos y la concienzuda manipulación de sus conciencias -“millones de gargantas gritando estupideces al paso de un demente visionario” como Hitler- al más estrepitoso fracaso de estos ideales. Abella recoge una observación que no deberíamos nunca olvidar: “temo a los idealistas /…/ Las peores barbaries de la historia de la humanidad han sido llevadas a cabo por los idealistas, hombres imbuidos por el alto deber de transmitir al resto de la humanidad la verdad incuestionable de la que son depositarios” (p. 519)
Dicho esto, conocido por todos, pasamos a lo que es menos conocido, pues casi todos los libros, documentales y películas que hemos visto y leído han sido extraídos de la memoria de los aliados, los vencedores, pero como seres a los que nada de lo humano nos debe ser ajeno, agradecemos a Abella que haya recuperado, y denunciado, la cara oculta de una desgarradora verdad. Los bombardeos sistemáticos sobre ciudades alemanas ya arrasadas y sin especial interés logístico como Bremen o Stettin, la ciudad donde vivía Edelgard con su hermana menor y de la que fueron deportadas junto a otros quince millones de personas procedentes de Pomerania, Prusia, Silesia o los Sudetes, que perdieron sus hogares, sus raíces, a sus seres queridos, su memoria, y entre las que murieron más de dos millones; las violaciones por parte de los soviéticos de millones de niñas y mujeres que ocasionaron dos millones de embarazos y de los que vinieron al mundo más de 150.000 bebés rusos en el primer año después de la guerra, violaciones que, en palabras del autor, “respondieron a un programa sistemático de humillación y dominio”. Las miles de mujeres que a consecuencia de estas violaciones se quitaron la vida. Más de mil aviones de la RAF bombardearon Stettin sobre los propios escombros “convirtiendo a la ciudad en una inmensa hoguera que tardó muchos días en apagarse”, una tormenta de fuego con temperaturas de 1000 grados y vientos huracanados de 200 km por hora. Todos estos horrores históricos, que acaban convirtiendo a la novela en un alegato contra la guerra, se pueden resumir en la historia de una sonrisa robada, rota para siempre. La de Edelgard, que tenía trece años cuando comenzó la guerra, y que dejó de sonreír por causas que Abella nos describe después de una exhaustiva investigación que no puedo desvelar pues es una parte importante del suspense del libro.

Pues Edelgard, de edad parecida a la que tenía Ana Frank cuando desapareció en Auschwitz, estaba destinada, como ella, si las zarpas de la historia no hubieran dado fatalmente la vuelta a su suerte, a vivir una vida refinada, aunque corta, rodeada de música y, seguramente, de mucho amor. Sus cartas, que podríamos considerar dentro de lo que Heinrich Böll llamó “teología de la ternura”, muestran la verdadera delicadeza de un alma “que no era de este mundo”, en palabras del poeta Fernández-Arroyo, pues sabía “penetrar en el alma de las cosas”. En cambio, a Edelgard le tocó una vida breve de terrible enfermedad –murió a los 44 años- después de ser torturada y escarnecida durante la guerra y la inmediata posguerra y haber perdido a consecuencia de ella a casi toda su familia.
Cuando Hans Schnitzler, el protagonista de la primera novela de Böll, El silencio del ángel, regresa a su arrasada ciudad natal, Colonia, el día 8 de mayo de 1945, día de la capitulación alemana, el primer rostro que ve, indemne entre las ruinas, es el de la estatua de un ángel que sonríe de modo misterioso. Su sonrisa puede interpretarse como un mensaje de esperanza, una invitación a vivir. Pero Edelgard, que carece de sonrisa, debe inventarse un mundo paralelo para poder sobrevivir a la memoria del horror. Un refugio de belleza y de amor con el que llenar lo que W. G. Sebald llamó “la nostalgia insaciable de los exiliados” en su conmovedor libro Los emigrados, que tantos paralelismos guarda con La sonrisa robada en cuanto a, primero, la indagación del propio autor en la vida de sus personajes para describir su verdad: el desesperado desarraigo provocado por el exilio y, segundo, la presencia de fotografías que ilustran sus relatos. Las de La sonrisa robada son, por cierto, indispensables para rememorar imágenes de la destrucción y para comprender el misterio de Edelgard, de su cuerpo desvalido, de esa belleza inteligente, sensible y llena de secretos que José Antonio Abella al fin consigue para sus lectores desentrañar.
No puedo contar más, porque si no vosotros, a quienes invito vivamente a leer esta novela, no me lo perdonaríais. Únicamente decir para terminar que solo puede entenderse la historia si convoca en nosotros la misma fiebre que tuvieron los hechos en el pasado, un delirio semejante, un trasunto de unas secuelas parejas. Así, como ve Abella a Edelgard, nos gustaría también que nos vieran: no como a un engranaje más de una cadena social sino como a un cuerpo único y sagrado dotado de capacidad de sentir, que ha amado, soñado, sufrido y ha podido ser, incluso, víctima de todos esos demonios que viven enmascarados entre los hombres. Porque en una sociedad culpable también hay muchas víctimas inocentes.
Con hondura y delicadeza, sin prejuicios, con un profundo sentimiento de estar haciendo justicia, así Abella se ha adentrado en el corazón de Edelgard Lambrecht, en la que habita también, aunque ella no quiera recordarlo, el corazón de las tinieblas. Como Conrad, también Abella habla del horror. Su curtida sensibilidad ha leído en el triste rostro de Edelgard la desesperanza del mundo. La melancolía. Estos son los sentimientos que quedan cuando se acaba el libro, un aire nostálgico y melancólico inigualables. El fin de un mundo, como en la película de Lars Von Trier, engullido para siempre por el planeta Melancolía. Los mismos sentimientos que ella habría tenido cuando la realidad de su vida hubiera roto para siempre el ensueño –el Träumerei de Schumann que tanto le gustaba interpretar al piano- con el que trató de redimir la violencia del mundo.

              Yolanda Izard

El Norte de Castilla: La sombra del ciprés.


La sombra del ciprés/LECTURAS  EL NORTE DE CASTILLA Sábado, 23-03-13

Los que sufren la Historia

 

José Antonio Abella afronta en «La sonrisa robada» su mayor reto narrativo, conjugar una hermosa historia de amor con una denuncia sobre los vencedores de la II Guerra Mundial

BERNARDINO GONZÁLEZ PEREZ

Es José Antonio Abella (Burgos, 1956) autor conocido por sus cuatro novelas Yuda (1992), La esfera de humo (1995), Crónicas de Umbroso (2001), La tierra leve (2006) y por un libro de relatos de reciente aparición, Unas pocas palabras verdaderas. Pero es ahora, con La sonrisa robada (Ed. Isla del Náufrago, Segovia, 2013) cuando afronta su mayor reto narrativo hasta el momento: conjugar una hermosa historia de amor con una denuncia documentada de los sufrimientos que los vencedores de la II Guerra Mundial infligieron a los alemanes vencidos.
A modo de espiral, como las sucesivos círculos que genera una piedra arrojada al agua de un estanque, el lector va descubriendo en la estructura de la novela la relación, fascinante y real, de una joven alemana, Edelgard Lambrecht, con el poeta español postista José Fernández-Arroyo; pero, como si no se conformara, el relato crece concéntrico hasta indagar en sus entornos inmediatos y sus familias; y, más allá, en el entorno espacial e histórico de Edelgard, en la Alemania de la II Guerra Mundial y, sobre todo, en la inmediata posguerra. Todo ello encarado al contraplano que es el proceso de reconstrucción de todas las vidas mencionadas y la propia elaboración de la novela.
           La intención del autor con esta arquitectura de superposiciones es que los personajes cobren nueva vida, ahora permanente, en el texto. En la realidad, ya no queda nada de Edelgard y José, salvo sus cartas y sus diarios, pero ahora cuentan con un elemento nuevo: esa reconstrucción de su propia peripecia existencial en aquel mundo.
El propósito inicial del autor, que se formula de forma explícita (“El sueño de José convertido en mi propio sueño”) hace que se produzca una transferencia eficaz del punto de vista y que en el planteamiento documental se integre el componente autobiográfico. En efecto, Abella aúna la función de narrador en primera persona con la de personaje motor de la búsqueda documental. Sin planteamientos maniqueos, a lo largo del texto conviven momentos de gran crudeza –acontecimientos bélicos y sufrimientos de los personajes- con otros de intenso lirismo, en especial algunas de las cartas de Edelgard o ese último capítulo: “Al otro lado”.
           Como cabría esperar en un documento narrativo de este alcance, las cuestiones morales abundan tanto como los interrogantes acerca de la ética de las conductas. En ocasiones, Abella llega a reflexionar sobre la propia novela que está escribiendo y se plantea cuestiones acerca del derecho, la necesidad o la oportunidad de escribirla, una nueva vuelta de tuerca que afina el espesor de una narración donde el autor no ahorra nada en su intención decidida de sondear esa época desde una vertiente que ha sido –quizás lo sea todavía- tabú para la reconstrucción de la historia europea del siglo XX en la memoria colectiva.
             Tampoco el título de la obra es baladí y encierra un doble sentido. Por un lado, el que se manifiesta en la portada mediante el contraste entre dos imágenes: la alegría de las niñas que portan símbolos nazis y la seriedad de Edelgard. Pero, por otra parte, Edelgard sufre una enfermedad muscular, una de cuyas manifestaciones es la imposibilidad de sonreír, dato aprovechado por el autor -Abella es médico de profesión y llega aquí a apasionarse por el diagnóstico de la enfermedad de Edelgard- para elevarlo a esa categoría de símbolo central y definitivo en la narración. La investigación de la enfermedad constituye, así, una de las líneas narrativas apasionantes, en especial cuando sus efectos condicionan la relación entre Edelgard y José.
           Esa visión plural, casi de prisma cinematográfico, continúa en la coexistencia de diversos narradores que se van cortando el paso hasta ofrecer una ductilidad extraordinaria que permite al lector hacerse cargo del relato a partir de una galería de modulaciones: José y Edelgard en su correspondencia; los informantes externos de asuntos concretos (que pueblan un nutrido apartado de agradecimientos) y el propio autor, convertido en narrador con esa doble función de testigo y de protagonista en primera línea.
           Así, la documentación exigente de episodios fundamentados en pruebas de verdad histórica se alía con la propia historia de los dos protagonistas en una especie de segundo grado de verdad. Todo ello en la arriesgada tarea, pero ya necesaria a estas alturas del milenio, de volver a reconstruir el escenario horrible y lleno de ignominiosos excesos que acusan sin indulgencia y desde otra latitud a la condición humana, tal como en tantos otros ejemplos de literatura de campaña donde el Bien y el Mal se han repartido limpiamente (¿?) de otra manera, más simplificante e injusta. No ocurre eso en La sonrisa robada. José Antonio Abella ha conseguido hacernos a cada lector volver a revisar esa radiografía, que parecía clausurada, de una de las épocas más abominables del siglo XX, aquí reproducida con intensidad y nervios fríos a partes iguales. No debería pasar inadvertida esta narración que muestra la semilla ubicua del Mal a través de esos seres inocentes.

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Castilla y León

Dramas humanos, sentimientos imposibles

25/03/2013  

Abella novela la relación epistolar entre la joven Edelgard Lambrecht y el poeta José Fernández Arroyo, donde se refleja la dolorosa postguerra del pueblo alemán 

 

No es arriesgado pensar que en la calidad de una obra como La sonrisa robada influyen factores diversos, como la amplia carrera literaria de José Antonio Abella, su autor, y la complementación de otras actividades como la escultura y la Medicina. A todo ello hay que añadir un punto de fortuna: la conexión humana que el poeta segoviano Javier Moreno facilita al autor para conocer a José Fernández-Arroyo y a su esposa Lolita Juan Merino. No acaban aquí las coincidencias, es necesario también conocer su obra. Perteneciente al grupo de los poetas del Postismo, José Fernández-Arroyo mantuvo una intensa actividad artística, tanto en lo literario como en lo pictórico y en la escultura del hierro. En literatura cultiva diversos géneros: poesía, prosa, trabajos científicos y diarios, recogidos en Edelgard, diario de un sueño, 1948-1953 (1991) y continuados en No es un sueño (2007. Los diarios incluyen la correspondencia epistolar del poeta con la joven alemana Edelgard Lambrecht entre enero de 1949 y diciembre de 1953. Fernández-Arroyo es quien anima al escritor, que ha leído esos diarios, a escribir esta novela. A la sugerencia del poeta («-Se debería escribir una novela con esta historia») y la contestación del novelista («-Ya está escrita -le respondo»), Fernández Arroyo le anima: «-Tú deberías escribirla».
El conocimiento de esa experiencia epistolar es la semilla de la obra. Con la lectura de los diarios, el autor se siente atraído de forma inexplicable, especialmente por la enigmática personalidad de la chica alemana: «¿Pero qué había, qué hay en aquellas cartas para que el hechizo se prolongue más allá de su tiempo y de su destinatario?» (p. 24).

Avatares personales

Esta serie de felices coincidencias explican en buena medida la génesis y los atractivos de la obra, de extensión poco frecuente en la narrativa española actual. La sonrisa robada incluye dos elementos esenciales: la vida (materializada en situaciones diversas y momentos dramáticos) y la creación, con múltiples registros narrativos. Junto a la vida plena de sentimientos reflejados en los tres diarios (las cartas de Edelgard, las del poeta, sus diarios y el de su esposa, «Los cuadernos de Lolita») el proceso narrativo ofrece un gran interés. Incluso el novelista, en la crónica literaria del avance de sus descubrimientos, escribe su propio cuaderno de bitácora.
La impresión humana vivida por el autor, obsesionado por averiguar la vida de Eldegard, muerta en 1970, le obliga a indagar sobre ello y sobre el destino de su familia, denunciando los efectos terribles de la Segunda Guerra Mundial, después de la caída del Nazismo. Hay en ello una clara actitud de reivindicación de los muertos, o de los débiles: «En esa oculta tragedia -ha escrito el autor- los quince millones de alemanes expulsados de sus hogares en Prusia, Pomerania, Silesia o los Sudetes (de los que dos millones murieron durante la deportación) merecen más que una pequeña mención en los libros de Historia».
Para llevar a cabo esa investigación viaja a Alemania, lo que hace de la experiencia un apasionante libro de viajes espiritual, con los protagonistas de la obra rescatados a través de sus diarios y las tribulaciones creativas actuales del novelista. De ahí el juego constante en el manejo del tiempo: en pasado, a través de los diarios, y en presente, con la presencia del autor y su relación con Fernández- Arroyo y su esposa. Ella, de gran condición intelectual y humana, confiesa la extraña relación para con el marido, especialmente antes de comprometerse formalmente. No es extraño que después confesara irónicamente: «Me casé con un viudo», aunque recordara con afecto a Edelgard, conservando en casa algún recuerdo suyo.
La variedad de registros narrativos es abundante y compleja. El lector avanza sin aliento por estas páginas descubriendo paulatinamente la visión adolescente y espontánea de la chica alemana y la de la formación médica de Fernández-Arroyo. Pero el lector asiste además al proceso creativo, verdadera obsesión para el autor, casi derrotado en muchos momentos por el esfuerzo. Se repiten los viajes a Alemania, el éxito en las gestiones, el hallazgo de la tumba de Edelgard y el recuerdo de Fernandez-Arroyo, como se observa en el regalo que para él traerá de Alemania: «Corto con el mayor cuidado dos de esas pequeñas ramas. Una es para José. Cuando regrese a España le hablaré de este árbol grande y sano. Le diré que duerme a la sombra de ese árbol, en el bosque más hermoso» (p. 235). La novela avanza paralela al retroceso vital de Fernández-Arroyo, desesperanzado ya: «José me había confesado que lo único que le ataba a la vida eran Lolita y el deseo de leer estas páginas que ahora concluyen» (p. 580).
El final es la confluencia de todos los elementos humanos que el novelista ha manejado con excelente pulso literario y multitud de recursos expresivos. Todo desemboca en la desgarrada petición que Edelgard y José, separados por el espacio y el tiempo, hacen en momentos decisivos de su vida: «-Tengo frío (…) abrid la ventana para que pueda entrar el sol». Es el final simbólico de una larga experiencia humana que José Antonio Abella ha universalizado con inusitada maestría.

 

Crítica de Nicolás Miñambres en FILANDÓN, suplemento cultural de Diario de León

Una novela polimórfica

La sonrisa robada 

José Antonio Abella 

Isla del Náufrago, Segovia, 2013. 622 páginas.


Nicolás Miñambres 17/03/2013 
 
De polimórfica, en el sentido más pleno de la palabra, puede calificarse esta novela de José Antonio Abella. Su llamativa extensión se explica por sus estratos argumentales, patentes en la variedad de voces.
Básicamente, La sonrisa robada refleja la relación epistolar, entre enero de 1949 y diciembre de 1953, del poeta español José Fernández Arroyo y la joven alemana Edelgard Lambrecht.
Conocedor de esta experiencia, José Antonio Abella decide escribir esa novela que esconde materiales preciosos: los diarios del escritor, los de su esposa Lolita y el epistolario de Edelgard.
El resultado son unas páginas apasionantes, pero a las que el lector debe acercarse con cautela y sin urgencia. El mundo personal de los tres personajes y el ambiente de la Segunda Guerra Mundial serán una feliz obsesión para el novelista. Es evidente que un mundo tan complejo exige esfuerzos creativos intensos para plasmar la abundancia documental y las voces diferentes. El autor adopta la tercera pero (consciente del esfuerzo que supone ir a conocer el mundo y espacio en el que Edelgard vivió) lleva a cabo una desbordante investigación.
Esos esfuerzos, plasmados en tres viajes a Alemania, se reflejan en una especie de sugestivo cuaderno de bitácora. Como trasfondo esencial surgen los diarios de Fernández Arroyo, los de su esposa Lolita y las cartas de Edelgard.
El final presenta un sabor agridulce. El escritor visita a Arroyo en Madrid para enseñarle el borrador de la novela, antes de iniciar su tercer viaje a Stettin. Desde allí, el escritor y su esposa envían una carta al poeta, que al final de la obra pide: «Tengo frío, abrid la ventana para que pueda entrar el sol».

 http://www.diariodeleon.es/noticias/filandon/una-novela-polimorfica_778732.html

Presentación de "La sonrisa robada"


PRESENTACIÓN EN SEGOVIA DE «LA SONRISA ROBADA»

UN CONCIERTO DE PIANO ACOMPAÑARÁ LA PRESENTACIÓN DE LA ÚLTIMA NOVELA DE JOSÉ ANTONIO ABELLA

La sala de la chimenea del Casino de la Unión acogerá este sábado, a las ocho de la tarde, la presentación de «La sonrisa robada», última novela de José Antonio Abella, editada por la editorial segoviana Isla del Náufrago.

La novela, de 630 páginas, refleja la vida de la joven alemana Edelgard Lambrecht y del poeta español José Fernández Arroyo, que ha prometido su asistencia a este acto de presentación.

Entre enero de 1949 y diciembre 1953, José Fernández-Arroyo y la joven alemana Edelgard Lambrecht intercambiaron una intensa correspondencia que marcaría la vida de ambos. Basada en las cartas de Edelgard, en el diario de José Fernández y en años de investigación documental sobre la II Guerra Mundial y su posguerra inmediata, esta novela constituye un singular testimonio del sufrimiento del pueblo alemán tras la caída del nazismo, cuyos innumerables crímenes no sirven de justificación a la barbarie que las tropas aliadas, especialmente las soviéticas, ejercieron sobre la población civil de un país convertido en ruinas. En esa oculta tragedia, los quince millones de alemanes expulsados de sus hogares en Prusia, Pomerania, Silesia o los Sudetes (de los que dos millones murieron durante la deportación) merecen más que una pequeña mención en los libros de Historia. Todo lo perdimos –escribe Edelgard Lambrecht en una de sus primeras cartas–: nuestra madre, nuestros dos hermanos y otros parientes próximos, la patria y los bienes; también nuestra salud sufrió mucho... De ello trata esta novela, pero también, y sobre todo, de la capacidad para sobreponerse al infortunio, del amor a la vida, del amor a todo lo que en la vida merece ser amado.

La música y la literatura fueron esenciales en la vida de Edelgard. Por ello, como colofón de la presentación, la pianista Isis Pérez Villán interpretará un concierto que recoge algunas de las obras que la propia Edelgard Lambrecht interpretaba al piano, concretamente: Träumerei de Robert Schumann, Danzas Españolas de Enrique Granados y la Sonata nº 14, op. 27 nº 2 Claro de Luna de Ludwig van Beethoven.

UN DIAGNÓSTICO PÓSTUMO Y UNA SONRISA ROBADA

Por Mónica Lalanda ( http://medicoacuadros.wordpress.com )

Que alguien te pida ayuda en el diagnóstico de una patología, es lo normal en la vida de un médico, pero cuando la paciente se trata de la hija de un alto cargo nazi, fue torturada por las tropas aliadas, lleva décadas muerta y el relato de sus síntomas ha sido extraídos de unas cartas de amor, sabes que tienes por delante un viaje fascinante. Si además acabas siendo parte de una novela, ese viaje se convierte en un privilegio.
Este es sin duda el acto médico más extravagante que he vivido nunca. Un diario, un lapicero para subrayar e internet han sido mis únicas herramientas diagnósticas. Sin exploración, sin historia previa, solo descripciones que podrían traducirse como síntomas y medias palabras que quizás eran signos. Y las fotos amarillentas de una joven que era incapaz de sonreír, Edelgard.
José Antonio Abella (médico y escritor) decidió hace ya años, investigar la vida de esta mujer alemana basándose en el diario de su amigo José Fernández, el joven español con quien se carteó y de quien se enamoró Edelgar en los años 50. Un intercambio epistolar apasionado, lleno de ternura y de frustración, de palabras no dichas y de historias que solamente se leen entre líneas.  Pero Abella fue mucho mas allá y dedicó años a investigar esa parte de la historia que produce pudor contar, lo que pasó con la población civil alemana al final de la segunda guerra mundial y las terribles atrocidades que se cometieron; esa parte de la historia que todos hemos preferido ignorar como moneda de cambio del salvajismo nazi.
La sonrisa robada es el resultado de su esfuerzo. Una novela donde se mezcla historia, medicina, romanticismo, amistad, realidad y ficción. Capítulos que se mueven en el tiempo, unos ocurren en la posguerra inmediata o en los años 50 y otros en el presente. Y sorprendentemente, ahí estoy yo, sentada en varios capítulos con mi nombre y apellido; como médico y como lectora compulsiva, no puedo pedir más.
Preveo que este libro será un enorme éxito, sus páginas te enganchan, te conmueven, te zarandean por dentro y te atrapan. Desde aquí le agradezco a José Antonio Abella el haberme permitido ser parte de la historia de Edelgard y Jose y el haber confiado en mí diagnóstico. Edelgard, a quien nunca conocí ni traté, será ya siempre mi paciente más inolvidable.

http://medicoacuadros.wordpress.com/2013/02/10/un-diagnostico-postumo-y-una-sonrisa-robada/