
Portada de "La sonrisa robada"
INTRODUCCIÓN
A veces las cosas suceden porque tendrán que suceder. No estoy seguro.
Aunque dentro de unas pocas horas inicio unas cortas vacaciones, me encantaría poder colgar tu reseña, con la referencia a Alenarte, en el blog de amigos de Isla del Náufrago. Pero veo que la página de Alenarte tiene alguna configuración de seguridad que me impide seleccionar y copiar el texto. ¿Podrías enviármelo?
JOSÉ ANTONIO ABELLA. RESEÑA DE "LA SONRISA ROBADA" (29 DE JUNIO DE 2013)
La sonrisa robada. José Antonio Abella.
2013. La Isla del Náufrago. 626 páginas
Por Amando Carabias María.
Conocer
a José Antonio Abella (Burgos, 1956) —médico, escultor, escritor y editor—,
residente en Segovia desde hace más de veinte años, podría hacer sospechar que mi
opinión se tiñe de cariño y, por tanto, no soy objetivo. Sin embargo, cuando reseño
libros de amigos y conocidos mantengo, primero, que la objetividad no existe,
pues somos sujetos; y, segundo: procuro que la amistad no empeñe ni empañe mi
juicio, sino que me ayude a penetrar en detalles que me pasarían
desapercibidas. Así que quienes hayan leído esta novela, espero que me perdonen
la contención, pues procuro ser prudente para evitar daño en la obra reseñada:
el exceso de elogios lastima más que ayuda.
Centremos el asunto. Leemos
en la contraportada de la novela:
Entre enero de 1949 y diciembre de 1953, la joven alemana Edelgard Lambrecht y el poeta español José Fernández Arroyo intercambiaron un intensa correspondencia que marcaría la vida de ambos.
Basada en las cartas manuscritas de Edelgard, en el diario de José y en años de investigación documental sobre la Segunda Guerra Mundial y su posguerra inmediata, esta novela constituye un singular testimonio del sufrimiento del pueblo alemán tras la caída del nazismo, cuyos innumerables crímenes no sirven de justificación a la barbarie que las tropas aliadas, especialmente las soviéticas, ejercieron sobre la población civil de un país convertido en ruinas.
En esta oculta tragedia los quince millones de alemanes expulsados de sus hogares en Prusia, Pomerania, Silesia o los Sudetes (de los que dos millones murieron durante la deportación) merecen más que una pequeña mención en los libros de Historia.
“Todo lo perdimos —escribe Edelgard en la primera de sus cartas—: nuestra madre, nuestros dos hermanos y otros parientes próximos, la patria y los bienes; también nuestra salud sufrió mucho…” (…)
De ello trata esta novela, pero también y sobre todo de la capacidad para sobreponerse al infortunio, del amor a la vida, del a todo lo que en la vida merece ser amado
Así pues, La sonrisa
robada es la búsqueda de un tesoro escondido contada a través de la
peripecia del propio autor. En cierto sentido —aunque no sólo—, es un cuaderno
de bitácora donde se plasman investigación, descubrimiento y ahondamiento de
una verdad que quizá sorprenda, narrada, además, con el estilo de Abella que nos
ha entregado durante estos lustros obras memorables, al menos para mí, como Yuda, Crónicas de Umbroso, Tierra leve, El balcón de la mirada o Unas
pocas palabras verdaderas.
Durante la presentación
de la obra, el 13 de abril pasado en el Centro de Interpretación de la Judería
de Segovia, el autor refería esa verdad descubierta durante su investigación y
documentación. La historia la escriben los vencedores, quienes se apresuran a tapar
sus tropelías; pero siempre intuí que la población alemana sufrió algo similar
a lo que su ejército hizo sufrir a otros. Tras leer la novela, esta intuición, a
la que llegué aplicando la ‘lógica’ bélica, cobra carácter terrorífico y hace
que crezca la repulsión hacia la insaciable sed de destrucción, odio y venganza
que parece anidar en los corazones humanos. Los datos convierten mi intuición
en sombra de humo.
Aclaro rápidamente —para
evitar sospechas—: el autor no podrá ser tachado de filonazi o similar, salvo que se quiera calumniarle. A poco que se
lea esta novela y su obra previa, tal
cuestión se descartará. Por el contrario, Abella repudia cualquier violencia y
queda anonadado ante la repetición de los genocidios a lo largo y ancho de la
historia y del Planeta. Quien haya leído su novela Yuda sabe de qué
hablo. Yuda es un judío segoviano que tiene que salir de su ciudad en
cumplimento del decreto de expulsión y cuenta su experiencia de diáspora desde
Sefarad. Pues bien, la misma emoción dolorosa que se transmite por la expulsión
de los judíos españoles, encontrará en La sonrisa robada cuando se topa
con esa parte de la historia que se nos ha ocultado. ¿Se podrá oponer a mi
argumento que si el ejército nazi no hubiera cometido genocidio contra judíos y
otros pueblos o minorías, el ejército de Stalin no se hubiese comportado con tal
saña? ¿Podrá argüirse que si Hitler no hubiera ordenado los bombardeos
sistemáticos y dañinos sobre Inglaterra, la Air
Force con sus aliados norteamericanos no habrían masacrado Berlín,
Düserdolf, Dresde, Sttetin…? A mi modo de ver no es argumento la venganza, la
aplicación taxativa, sin matices ni proporción de la inhumana ley del talión.
Como decía Gandhi —y recoge Abella—: «Ojo por ojo, y todo el mundo acabará
ciego».
Otra pregunta sobrevuela
la novela: ¿La población alemana podía no ser nazi o, al menos, simpatizante
del nazismo durante aquellos años? Aunque muchos supieran lo que sucedía y
callaban, la mayoría no era capaz de imaginarlo. Los criminales eran esposos,
padres, hermanos, hijos, cuñados, amigos de alguien que no estaba en el frente,
que no podía sospechar que en el frente y en los campos de exterminio actuaban
como carniceros.
Los sistemas fundados y
alentados por el mesianismo destruyen el libre pensamiento, pues su cimiento evita
la educación de la razón, del pensamiento de ideas, de la libertad de opinión y
crítica; por el contrario, se adoctrina, y no sólo en escuelas, usando todos
los medios al alcance del poder, que son muchos. El mecanismo es antiquísimo,
simple y eficaz: repetir constantemente (con insistencia de plomo —diría
Abella—), la misma idea desde la infancia; aunque la afirmación sea mentira, se
hace sustancia del pensamiento y creencias individuales y colectivas. Cuando la
educación se basa en fe o irracional seguimiento del líder, se está adiestrando
a soldados que entregarán la vida o, en su defecto, cumplirán toda orden del
todopoderoso líder. Dice Abella: «La fe
separa y la duda une». Estoy conforme y roo con rabia los versos del Nóbel
ruso Solzhenitsyn, orla del libro:
“La niña yace muerta en el colchón. /¿Cuántos se han acostado en él?! / ¿Un pelotón, quizá una compañía? / Una chica convertida en mujer, / una mujer convertida en cadáver. // Todo se reduce a frases simples: / ¡Nada se olvide! ¡No perdonemos! / ¡Sangre por sangre, diente por diente!”
¿Trata La sonrisa
robada sobre la II Guerra
Mundial? No sólo. Esta novela —poliédrica, compleja y ambiciosa—, sin buscarlo,
se topa, por así decir, con parte de las atrocidades de la II Guerra Mundial. Me
explico.
Como un regalo para su
amigo Pepe, Abella rastrea qué fue de Edelgard Lambredcht, la joven alemana con
quien mantuvo un idilio epistolar durante cinco años (entre 1949 y 1953),
recogido por el poeta manchego en “Edelgard” diario de un sueño (1948-1953) (Diputación de Ciudad Real, 1991)*. Abella
y los lectores del diario del poeta sabemos la historia, pero sólo conocíamos la
versión de Fernández Arroyo. Abella sintió una especial atracción por la figura
de la muchacha alemana, nacida en Stettin (actualmente Szczecin, Polonia) en
1926, y que, tras el final de la contienda, fue deportada a Flensburg donde se
carteó con el poeta, quien la visita en 1953. Abella da un paso inmenso:
completa la historia buscando las huellas de la vida Edelgard, hacer real el
sueño de José Fernández Arroyo. La novela arranca del libro de Pepe y las
conversaciones mantenidas sobre este asunto, recrea ese viaje en autostop de
1953, y, a la vez, recrea cinco años de misivas que, casi desde su inicio, es idilio.
Como se deduce por las
fechas y lugares citados, la ominosa guerra forma parte necesaria de la
historia. Otra cosa hubiera sido increíble. Al aparecer la guerra en Stettin
con su rostro más cruel (bombardeos aéreos, saqueo, deportación de la población
por el inmenso crimen de ser alemanes), la historia toma una dimensión trágica,
pero, al mismo tiempo, más emocionante, porque lo que importa de la novela es
el triunfo de la vida, la lucha por sobreponerse al dolor, a la adversidad, a
la enfermedad. Incluso cuando el dolor se clava en la entraña, la adversidad
nos despoja y la enfermedad nos acompaña a la muerte.
Edelgard, la mujer de la
sonrisa robada —la lectura del libro desvelará este misterio—, representa esa
lucha, el amor intenso a la vida a pesar de todo, incluso intuir lo que sucedería.
Reconstruir la biografía
de Edelgard Lambrecht partiendo de un nombre, unas cartas sin referencias
concretas y una dirección de hace sesenta años en una ciudad del norte de
Alemania no es sencillo. Hay que tener muchos arrestos y estar seducido por
este asunto para embarcarse en semejante aventura.
¿Es más La sonrisa
robada?
La novela es poliédrica,
repito, y ya he señalado tres caras: el libro de José Fernández, generatriz del
relato; el sufrimiento del pueblo alemán tras la derrota del ejército nazi; la
historia de Edelgard Lambrecht y su familia.
Señalo una cuarta, la que ahorma la novela: la búsqueda del autor. José Antonio escribe una bitácora del proceso personal y reflexivo que los continuos descubrimientos y dudas le han ido moldeando durante los más de tres años que duró la tarea, sobre todo en lo relativo al descubrimiento del sufrimiento del pueblo alemán, hasta ahora silenciado, o reducido a una nota a pie de página de la Historia. Esta novela no deja indiferente al lector. A poco que se enfrente a ella sin prejuicios, ve aflorar nuevos elementos fundamentales en nuestro paisaje de la memoria, por así decir. Es como si al restaurar un cuadro reapareciera un horizonte oculto para el espectador: no se altera lo que ya se conocía, pero la visión del conjunto se modifica. Consciente de lo que se trae entre manos, Abella camina junto al lector y le lleva de la mano mostrándole los datos que añaden nuevos perfiles a lo ya sabido. Ni niega ni desmiente lo conocido, nos hace comprender que se nos ha ocultado algo también horrible. Como dijo durante la presentación:
Sólo las falsas monedas tienen una cara. Las monedas verdaderas tienen dos caras y conviene conocer ambas.
La novela es
arquitectura que sobrevuela sobre sólidos muros. Esto es parte fundamental del
estilo, tarea de escritor. Aunque comparte cierta metodología con la
investigación histórica y periodística, pues el trabajo de documentación en
múltiples fuentes escritas y testimonios orales procedentes de EE. UU.,
Alemania y Polonia es exhaustivo, esta titánica tarea no pasa a la novela como
sucesión de datos que ahogan la narración. Más bien la ingente documentación y
testimonios manejados son sustrato invisible para el lector que, sin embargo, agradece
esta labor pues sirve para acercarse lo más posible a la verdad. Tanto, que las
partes en que el novelista escribe en estado puro, no son conjeturas
verosímiles, sino probabilidades próximas a lo real.
El estilo de Abella es claro,
preciso, sobrio e infatigable. Es sincero consigo mismo. No adopta poses de
sabio que conoce de antemano lo que sucederá. Duda más de una vez. Está a punto
de arrojar la toalla. Se asombra con los datos que aparecen ante su mirada
sorprendida. Modifica sus iniciales premisas. Se emociona ante lo inesperado
(como al tocar la tierra donde yacen las cenizas de Edelgard, uno de los
instantes más estremecedores del texto, exento de recursos ‘lacrimógenos’). Se adapta
a la verdad que surge… Nada oculta al lector.
Como si construyera una
trenza con cuatro tramas (el libro y los recuerdos de Pepe Fernández; la vida
de Edelgard y su familia; el final de la II Guerra Mundial; su tarea de
investigación y acercamiento) esculpe la novela que guarda una sorpresa que al
lector le bordará un nudo en el corazón y le recordará al más hermoso de los
amaneceres. El lector no merece** que mi torpeza haga trizas esta sorpresa
última, este clamor a favor de la esperanza, a favor de creer que, a pesar de
todo y a pesar de cuantos a lo largo de la historia se empeñan en lo contrario,
la vida siempre es más que la muerte y la esperanza siempre encuentra su camino
y el amor vence, incluso sobre el territorio de la destrucción.
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* Al año siguiente, 2014, Isla del Náufrago reeditó este diario, por eso hoy lo he enlazado a nuestra web.
** Ni siquiera trece años después, aunque ya no se considere espóiler, lo voy a hacer.















