Presentación en Valladolid de "La sonrisa robada", por Yolanda Izard

PRESENTACIÓN DE LA SONRISA ROBADA DE JOSÉ ANTONIO ABELLA

El Norte de Castilla, 11-5-2013

FUNDACIÓN SEGUNDO Y SANTIAGO MONTES. 10 MAYO 2013. 20h.

 Texto completo de Yolanda Izard

Buenas tardes, queridos amigos, veo que aquí estamos reunidos una buena representación de amantes de cuanto de bueno, saludable y gozoso hay en la literatura. Muchas gracias por acompañarnos en este día especial, en que presentamos una nueva novela, una sobrecogedora y estupenda novela, para ser más exactos, que tiene, además, un título evocador y, como veremos a lo largo de esta presentación, realmente acertado, La sonrisa robada.
El autor, José Antonio Abella, que es también su editor en “Isla del Náufrago”, ha encajado de manera admirable en su trabajo una doble labor de excelencia: por una parte el libro per se, en cuanto objeto, ha sido cuidado con una gran sensibilidad. Su cubierta en cuatricromía aporta un par de pistas sobre su contenido, la fotografía de una joven de enigmática mirada y otra más pequeña de un grupo de niñas alegres que agitan banderitas con la esvástica nazi, el símbolo que tanto horror, como todos sabemos, causó en el siglo XX. Por otra parte, el contenido del libro, su lenguaje y estructura, su intención y sus claves, sus hallazgos y sus conclusiones. En este sentido, La sonrisa robada puede considerarse una excelente y valiente novela documental basada en hechos históricos investigados y contrastados y en personajes reales, pero en cuyo vacío biográfico debe a veces el autor introducir su propia intuición, rellenando esos huecos que el olvido y las circunstancias han destruido para siempre, y encontrándose en ocasiones con sorpresas que hacen de la lectura de esta novela una experiencia difícil de olvidar. Y esto por desgracia no puede decirse de muchos de los libros que se publican en la actualidad.
José Antonio Abella sabe escribir y sabe de lo que habla. Como escritor, le asiste una labor amplia y concienzuda de amor a la literatura, con cuatro novelas publicadas, Yuda, La esfera de humo, Crónicas de Umbroso y La tierra leve, y un libro de cuentos, Unas pocas palabras verdaderas, que incluye tres narraciones que han obtenido prestigiosos premios internacionales, además de su labor en el foro literario Tertulia de los martes. También es escultor y médico, faceta ésta última de su actividad profesional quizá decisiva en la trama de la novela.
Decía Antonio Gamoneda que “la poesía no es un lugar adonde van a parar los cobardes”. Siempre me ha impresionado esta afirmación que a veces puede hacerse extensiva a algunas obras en prosa. Y es que, en efecto, para abrirse las entrañas hace falta mucho valor. Pero también hace falta mucho valor, como el que tiene en esta novela José Antonio Abella, para abrir las entrañas de la historia, sobre todo cuando no están aún restañadas las heridas y cuando se pretende contar desde un punto de vista poco frecuente y contra todo maniqueísmo los denigrantes excesos cometidos en Alemania por las tropas aliadas en la Segunda Guerra Mundial. E incluso se requiere un especial valor para abrir las entrañas de alguna de esas víctimas inocentes, como la protagonista de esta novela, afectadas de manera terrible y directa por los desgarros de la historia. Esos seres olvidados, cuyas sombras vagan aún no enterradas del todo a la espera de que se haga justicia con su memoria, y que un día, como si el azar no fuera sino una máscara del destino, alguien como Abella decide recuperar.
Yolanda Izard y J.A. Abella (Foto: Marco Temprano)
José Antonio Abella, partamos de este hecho incuestionable, ha tenido un valor extraordinario en estos dos sentidos: sacando a la luz las atrocidades cometidas por los aliados, especialmente los soviéticos, sobre las grandes ciudades alemanas y su población cuando la guerra ya estaba prácticamente ganada o cuando podían haberse evitado; y tratando de dilucidar, en una búsqueda incansable de comprensión y clarificación, las razones de la sobrecogedora mirada de esta joven alemana, Edelgard Lambrecht, que a los veintitrés años de edad, y entre 1949 y 1953, desnuda su corazón en una fecunda y amorosa relación epistolar mantenida con otro joven, el poeta español José Fernández-Arroyo. Estas cartas y el diario de Fernández-Arroyo, publicado con el título “Edelgard, diario de un sueño”, son el germen de esta novela, de este denodado esfuerzo de José Antonio Abella por comprender la historia de la posguerra alemana y la historia de Edelgard de modo simultáneo, y de mostrar sus indeclinables imbricaciones.
Abella sabe que si hay algo con lo que de verdad nos debemos identificar desde una perspectiva ética es con la fragilidad humana, la gran víctima de todos los demonios de la historia. Porque, estoy segura, “nada de lo humano le es ajeno”, “Homo sum, humani nihil a me alienum puto”, como escribió Publio Terencio Africano hace casi veintitrés siglos, tiempo más que suficiente para que como seres humanos lo hubiéramos aplicado en nuestras vidas. Quizá por esto, Abella decide recomponer los mosaicos esparcidos, rotos o perdidos de una parte esencial de la historia contemporánea que todavía hoy se considera tabú, a partir de la recomposición de esas otras teselas rotas o perdidas propias de la intrahistoria, la desgarradora vida de Edelgard y su familia, y lo hace desde el impulso de desvelar la verdad sin tapujos, y de hacerlo con un estilo poderoso. Por no hablar de un enorme trabajo de investigación que le lleva a viajar hasta tres veces a Alemania para entrevistar a cuantos podían ayudarle a reconstruir determinantes episodios de la desgracia de esta familia. Tanto que no estaría desacertada si considerara que esta novela son dos novelas en una pues la historia de las investigaciones del autor –que es también narrador y protagonista- adquiere un peso semejante en el libro y resulta no menos interesante y absorbente que la conmovedora de Edelgard.
Y es que Abella parte de la firme voluntad de aplicar su oído a la escucha atenta y entrañada de un alma humana como modo de dilucidar los entresijos de la historia. De este modo, se aleja de la fría manipulación de cifras, acciones bélicas y hechos abstractos de apariencia real y objetiva, que tantas veces desvirtúan el verdadero conocimiento del alcance del horror y del sufrimiento humano, para adentrarse en un alma, una solitaria alma, frágil, desvalida y enferma, que es a la postre el arquetipo de cualquier víctima de las frías y deshumanizadas decisiones tomadas desde lo alto y desde lo lejano por seres insensibles, que mueven sus fichas sobre un plano en lugar de hacerlo sobre el corazón de un hombre.
Decía hace poco José María Merino que el problema de los historiadores es que no han leído literatura, y estoy totalmente de acuerdo pues la historia no se suele escribir con el corazón. Por eso leer este libro merece la pena. Porque el lector va a encontrarse con todo lo que precisa un hombre para entender el sufrimiento y entender su génesis en las circunstancias que lo han alentado. Una novela debe justificarse por sí misma como hecho literario, no tiene por qué cumplir una función social. Bastaría decir, pues, que La sonrisa robada es importante porque está muy bien escrita y su estilo es hipnótico, porque su carga de lirismo y de profundidad son admirables, porque su lectura es amena y absorbente, tanto que se lee sin respiro, y porque además retiene en sus más de 600 páginas toda la utilería necesaria para ir ganándonos el corazón. Pero es que además se trata de una novela realmente interesante, y uno aprende con ella a revisar y reconstruir la verdadera memoria de la historia europea y a obtener aclaraciones y respuestas a episodios nunca suficientemente explicados o voluntariamente obviados por prejuicios o por posturas hipócritas.
 La corta y triste vida de Edelgard, lo repite en la novela su autor, podría entenderse como trasunto de la propia historia de la Alemania de aquellos años, entre los primeros de la Segunda Guerra Mundial, de entusiasmo desatado, hasta la inmediata posguerra, de caída en los infiernos. Alemania pasó de la inicial euforia, convocados sus habitantes por el relato de un mundo de presunta felicidad y de seres perfectos y la concienzuda manipulación de sus conciencias -“millones de gargantas gritando estupideces al paso de un demente visionario” como Hitler- al más estrepitoso fracaso de estos ideales. Abella recoge una observación que no deberíamos nunca olvidar: “temo a los idealistas /…/ Las peores barbaries de la historia de la humanidad han sido llevadas a cabo por los idealistas, hombres imbuidos por el alto deber de transmitir al resto de la humanidad la verdad incuestionable de la que son depositarios” (p. 519)
Dicho esto, conocido por todos, pasamos a lo que es menos conocido, pues casi todos los libros, documentales y películas que hemos visto y leído han sido extraídos de la memoria de los aliados, los vencedores, pero como seres a los que nada de lo humano nos debe ser ajeno, agradecemos a Abella que haya recuperado, y denunciado, la cara oculta de una desgarradora verdad. Los bombardeos sistemáticos sobre ciudades alemanas ya arrasadas y sin especial interés logístico como Bremen o Stettin, la ciudad donde vivía Edelgard con su hermana menor y de la que fueron deportadas junto a otros quince millones de personas procedentes de Pomerania, Prusia, Silesia o los Sudetes, que perdieron sus hogares, sus raíces, a sus seres queridos, su memoria, y entre las que murieron más de dos millones; las violaciones por parte de los soviéticos de millones de niñas y mujeres que ocasionaron dos millones de embarazos y de los que vinieron al mundo más de 150.000 bebés rusos en el primer año después de la guerra, violaciones que, en palabras del autor, “respondieron a un programa sistemático de humillación y dominio”. Las miles de mujeres que a consecuencia de estas violaciones se quitaron la vida. Más de mil aviones de la RAF bombardearon Stettin sobre los propios escombros “convirtiendo a la ciudad en una inmensa hoguera que tardó muchos días en apagarse”, una tormenta de fuego con temperaturas de 1000 grados y vientos huracanados de 200 km por hora. Todos estos horrores históricos, que acaban convirtiendo a la novela en un alegato contra la guerra, se pueden resumir en la historia de una sonrisa robada, rota para siempre. La de Edelgard, que tenía trece años cuando comenzó la guerra, y que dejó de sonreír por causas que Abella nos describe después de una exhaustiva investigación que no puedo desvelar pues es una parte importante del suspense del libro.

Pues Edelgard, de edad parecida a la que tenía Ana Frank cuando desapareció en Auschwitz, estaba destinada, como ella, si las zarpas de la historia no hubieran dado fatalmente la vuelta a su suerte, a vivir una vida refinada, aunque corta, rodeada de música y, seguramente, de mucho amor. Sus cartas, que podríamos considerar dentro de lo que Heinrich Böll llamó “teología de la ternura”, muestran la verdadera delicadeza de un alma “que no era de este mundo”, en palabras del poeta Fernández-Arroyo, pues sabía “penetrar en el alma de las cosas”. En cambio, a Edelgard le tocó una vida breve de terrible enfermedad –murió a los 44 años- después de ser torturada y escarnecida durante la guerra y la inmediata posguerra y haber perdido a consecuencia de ella a casi toda su familia.
Cuando Hans Schnitzler, el protagonista de la primera novela de Böll, El silencio del ángel, regresa a su arrasada ciudad natal, Colonia, el día 8 de mayo de 1945, día de la capitulación alemana, el primer rostro que ve, indemne entre las ruinas, es el de la estatua de un ángel que sonríe de modo misterioso. Su sonrisa puede interpretarse como un mensaje de esperanza, una invitación a vivir. Pero Edelgard, que carece de sonrisa, debe inventarse un mundo paralelo para poder sobrevivir a la memoria del horror. Un refugio de belleza y de amor con el que llenar lo que W. G. Sebald llamó “la nostalgia insaciable de los exiliados” en su conmovedor libro Los emigrados, que tantos paralelismos guarda con La sonrisa robada en cuanto a, primero, la indagación del propio autor en la vida de sus personajes para describir su verdad: el desesperado desarraigo provocado por el exilio y, segundo, la presencia de fotografías que ilustran sus relatos. Las de La sonrisa robada son, por cierto, indispensables para rememorar imágenes de la destrucción y para comprender el misterio de Edelgard, de su cuerpo desvalido, de esa belleza inteligente, sensible y llena de secretos que José Antonio Abella al fin consigue para sus lectores desentrañar.
No puedo contar más, porque si no vosotros, a quienes invito vivamente a leer esta novela, no me lo perdonaríais. Únicamente decir para terminar que solo puede entenderse la historia si convoca en nosotros la misma fiebre que tuvieron los hechos en el pasado, un delirio semejante, un trasunto de unas secuelas parejas. Así, como ve Abella a Edelgard, nos gustaría también que nos vieran: no como a un engranaje más de una cadena social sino como a un cuerpo único y sagrado dotado de capacidad de sentir, que ha amado, soñado, sufrido y ha podido ser, incluso, víctima de todos esos demonios que viven enmascarados entre los hombres. Porque en una sociedad culpable también hay muchas víctimas inocentes.
Con hondura y delicadeza, sin prejuicios, con un profundo sentimiento de estar haciendo justicia, así Abella se ha adentrado en el corazón de Edelgard Lambrecht, en la que habita también, aunque ella no quiera recordarlo, el corazón de las tinieblas. Como Conrad, también Abella habla del horror. Su curtida sensibilidad ha leído en el triste rostro de Edelgard la desesperanza del mundo. La melancolía. Estos son los sentimientos que quedan cuando se acaba el libro, un aire nostálgico y melancólico inigualables. El fin de un mundo, como en la película de Lars Von Trier, engullido para siempre por el planeta Melancolía. Los mismos sentimientos que ella habría tenido cuando la realidad de su vida hubiera roto para siempre el ensueño –el Träumerei de Schumann que tanto le gustaba interpretar al piano- con el que trató de redimir la violencia del mundo.

              Yolanda Izard

1 comentario:

Amando Carabias María dijo...

Magnífico texto que hace justicia a una magnífica novela que engancha desde su inicio.