Las palabras y la vida

La sonrisa de Catalina Montes
Por Alberto Martín Baró
No puedo imaginar el rostro de Catalina Montes sin su sonrisa. Me llega a través de mis hermanas la noticia de su muerte. Se le rompió el corazón, el corazón que ya había entregado por entero a los niños, a los desamparados, a todos los pobladores de la Ciudad Segundo Montes, en Morazán, en El Salvador.
Tuve la suerte de conocer a Catalina Montes con ocasión del viaje que hicimos a El Salvador en 1990, un año después del asesinato de los seis jesuitas de la Universidad Centroamericana, entre los que se encontraban Segundo, hermano de Catalina, y Nacho, mi hermano. Cati supo recoger el testigo de Segundo. Viajaba a El Salvador varias veces al año y pasaba allí largas temporadas, dando aliento a la Ciudad Segundo Montes, que hoy acoge a más de 12.000 habitantes, en su mayoría refugiados, víctimas que huyeron de la guerra civil salvadoreña y regresaron sin hogar ni pertenencia alguna.
Para contribuir a construir viviendas, escuelas, granjas, conducciones de agua potable, tendidos eléctricos en esa ciudad, Catalina creó en Valladolid en 1994 la Fundación Segundo y Santiago Montes con el fin de gestionar y canalizar  hacia El Salvador las ayudas que conseguía, entre ellas el 25% de los ingresos por la venta de libros de la editorial segoviana Isla del Náufrago, fundada y dirigida por José Antonio Abella.
La Fundación Segundo y Santiago Montes acogía recitales de poesía, exposiciones de pintura –entre ellas una de mi hijo Guillermo Martín Bermejo–, encuentros culturales de todo tipo, pues Catalina nunca olvidó su faceta como catedrática de Filología en la Universidad de Salamanca, sabiendo que la educación y el conocimiento son los mayores antídotos contra la pobreza y la marginación. Santiago, el otro hermano que da nombre a la Fundación, fallecido prematuramente, fue un gran pintor de tendencia abstracta y hombre de brillante inteligencia.
A los amigos de la editorial Isla del Náufrago, José Antonio Abella nos envía en un correo electrónico un emocionado recordatorio de Catalina Montes: “Tenía el don de hacer buenos a quienes estaban con ella… Su sonrisa transmitía la fe en la humanidad, la esperanza de un mundo habitable”.
Sí, Cati irradiaba luz, vitalidad, fuerza emprendedora desde un cuerpo menudo. Su rostro, a pesar de las arrugas como surcos de la edad en tierra fértil, nunca perdió el brillo y la ilusión de la infancia.
En reconocimiento a su labor en favor de los desfavorecidos y de su constante defensa de los derechos de toda persona, le fue otorgado en el año 2005 el Premio Castilla y León de los Valores Humanos.
Cuando regresamos de aquel mi único viaje a El Salvador y después de haber estado en contacto con el pueblo al que Segundo y Nacho habían entregado su vida, las noticias y los problemas con que nos tropezamos en España nos parecían insulsos y baladíes. El pueblo salvadoreño había sabido responder  a la entrega de los mártires jesuitas con amor, la única moneda con que se puede pagar el amor. Y ese amor pudimos experimentarlo los familiares de los jesuitas con asombro y agradecimiento.
Cada vez que pienso en personas como Cati, como Segundo, como Nacho, me entristece la atonía de mi existencia y me refugio en la memoria imperecedera de lo que ellos fueron e hicieron.
Pero su obra les sobrevive. La Ciudad Segundo Montes en Morazán y la Fundación Segundo y Santiago Montes en Valladolid seguirán abriendo caminos de hermandad, de lucha por la igualdad y la dignidad de las personas. Los colaboradores de Catalina Montes no pueden desfallecer. Cuentan con su ejemplo y con su ayuda, que sí, que es real, aunque ya no veamos su sonrisa. Esa sonrisa resuena en el corazón de cuantos la conocimos y nos anima a ser mejores.
Envueltos en su aura, podremos dejar de ser islas para convertirnos en archipiélagos de fraternidad.

Publicado en El Adelantado de Segovia (13-4-2010)

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