CIRCUNSCRIPCIONES en Alenarte / Pavesas y cenizas


Las Circunscripciones de Luis Javier Moreno
Por :  Amando Carabias María

Se divide el poemario en tres partes Salamanca, Cádiz-Cidaria y Granada que, de algún modo, podrían ser tres libros autónomos, pero que la paciencia y la escritura lenta, meditada y honda de Luis Javier han esperado hasta formar este conjunto que se ofrece a un lector que hallará en estos versos un impagable rescoldo de serenidad, ironía y mirada crítica no exenta de esa visión un poco alejada, acaso estoica, de las circunstancias.
El propio título del libro nos invita a pensar en lugares, en demarcaciones precisas de un espacio con un nombre determinado. Pero, tal y como señala el poeta, no son sólo referencias físicas, sino expresión de mi topografía emocional. Es decir el espacio es donde se desarrolla la propia vida, como descubrimos desde muy al principio: por liberar mi tiempo de este espacio.

Cada una de las partes del libro se abre al lector con una nota introductoria preparada por tres escritores diferentes. Así, Salamanca comienza con un texto de José A. Gómez Municio, donde se anuncia que “En Salamanca el poeta es consciente de que su palabra no puede dejar de ser ‘en el tiempo’, en el sentido machadiano, se plantea el sentido que puede tener la literatura en relación con su propia vida. Hay que superar el canto, ir más allá de la celebración; esa es la tarea, más o menos grata, de una cierta actitud poética de nuestro tiempo” (pág. 18, o.c.). Y no engañan las palabras de Gómez Municio. El paseo, por así decir, a que nos invitan los once poemas de esta sección, es una inmersión en el alma de un poeta que repasa aquellas vivencias juveniles en la ciudad castellana, donde el aire es ocre, y donde “Los decorados, a los almacenes; / los maestros ignaros, a la cátedra; / los edecanes a la sacristías / del cómplice cinismo de los clérigos / que administraban sus unciones sobre / el perineo de los monaguillos (…)” pero también son el tiempo en que “Realmente éramos reales, lo asevera / el contraluz de las fotografías / de época en que creímos ser nosotros”, es decir esa etapa de la vida que hoy se descubre con cierta pátina de melancolía. Pero dentro de estos versos, el lector se encontrará –y lo hará también en otras partes del libro- el dolor de los penosos acontecimientos de 1936 y una ironía que nos hará sonreír más de una vez, quizá con unas gotas de tristeza.
La segunda ‘circunscripción’ en realidad es doble Cádiz-Cidaria. Moreno explica que Cidaria es nombre su particular mitología y que no es ficticio. El lugar existe, pero con otro nombre, un lugar donde el poeta vivió algún tiempo, un lugar para él amado. Es Gustavo Martín Garzo el encargado de preparar el terreno, para que los lectores disfrutemos mejor de esta segunda parte dividida en dos secciones. La melancolía de Luis Javier Moreno parece tomar rumbos más hondos en estos veinticuatro poemas doce para cada uno de los lugares. Y a la vez que acrece esa melancolía, se acentúa la ironía suave y comprensiva, y se agudiza la reflexión sobre el tiempo del poeta y su relación con la propia poesía. “A ciertos versos de poemas míos / les golpea una lluvia que se funde / con sus palabras en la oscuridad (…)”, y se percibe un hondo desasosiego por el destino de la propia poesía en memorables versos que ya destaca Martín Garzo: “Nunca preguntan ni contestan nunca / acerca del salario de las flores / por dar aroma a espacios miserables / en donde todo es mugre y percepciones (…)”.
En Cidaria se acentúan las referencias a la escritura como verdadera explicación del propio vivir. En varios versos se advierte sobre esta idea: Mi vida está borrosa entre mis folios. De algún modo, pues, los poemas son algo así como una bitácora de un viaje que se llama existencia. Allí se mezclan las historias, los recuerdos, las vivencias, las lecturas, las conversaciones, las miradas. El poema, en parte, es el sedimento resultante de un proceso de erosión conocido por vida. Con esta perspectiva, a la que nos dirige el propio autor, los poemas se iluminan de un modo especial, serían, de algún modo, la cartografía de un alma que durante muchos años, con trabajo minucioso, se va dibujando, y brota –de pronto- en el mar, en las murallas, en el vuelo azul de los pájaros, en una antigua estatua fenicia… o sobre el espectro frío de la piedra amanece ese rostro amado…, en el recuerdo de momentos jocosos…
Juan Varo Zafra introduce la tercera y última ‘circunscripción’, Granada. Y nos advierte de la importancia que tendrán aquí Lorca y, de nuevo, los recuerdos de 1936, y cómo el poeta no huye de los tópicos que explican la ciudad: Lorca y la Alhambra, y sobre ellos construye su particular visión de la ciudad, de la que dice: En ella fui feliz un día y medio / y otros tres, desdichado. Y este recuerdo de aquellos días del pasado no le abandona en el presente, y con él revive el regreso, porque, a pesar de la duda del primer poema en que recuerda el asesinato de Lorca, vuelve a la ciudad y a la provincia. Aquí la melancolía se hace más un poso con el que se convive, como si fuera una vieja compañera de la que no queremos separarnos. Con ocasión de una exposición de F. Lloyd Wright, nuestro autor vuelve a dos de sus temas predilectos y recurrentes en toda su obra, tanto en verso como en prosa (sus diarios): la pintura y los recuerdos de sus estancias en USA.
Desde El final de la contemplación (Visor, 1992) y ganador de la primera edición del Premio Gil de Biedma, descubrí un modo personalísimo y tranquilo de escribir el verso. El predominante ritmo del endecasílabo, en Luis Javier Moreno se hace cercano, es un discurrir sereno, como un paseo sosegado. De algún modo –y quizá en esto tenga bastante que ver su formación clásica y su tarea de traductor de Horacio- recuerda su verso, al verso latino elegante y transparente, sin excesivos alardes ornamentales. Pero, al contrario de lo que se pueda figurar por esta afirmación, su capacidad para la metáfora es prodigiosa, y su proximidad a lo contemporáneo intensa, y sin embargo sucede ante nuestra vista de modo natural y sencillo, casi como si fuera una consecuencia lógica.
Probablemente esta sencillez formal sea fruto de un trabajo denodado y lento, reflexivo y tenaz, por alcanzar la esencia, o así, al menos, me lo sugieren los últimos versos de este libro cuyo título es Granada: espejo de la mente:
Agua de surtidor que se consume, / fatiga, incendia… Ser de la ceniza / del ave fénix, propio de esos entes, / rincón amontonado en el estío / y en el invierno (sobre los barbechos) / nieve, hasta blanquear sus osamentas / en la intriga agitada que descubre / el eje transparente, azul, del diamante.

Publicado en Pavesas y cenizas y  en  Alenarte

1 comentario:

Amando Carabias dijo...

Muchas gracias, José Antonio, por hacerte eco de este artículo, que ya está escrito desde el cariño, pero no cegado