Presentación de los dos primeros libros de Isla del Náufrago en la TERTULIA DE LOS MARTES

Foto: Alberto Benavente
Por FRANCISCO OTERO

Un libro de relatos no es una suma arbitraria de narraciones o de cuentos. Unas pocas palabras verdadera y otros falsos relatos de José Antonio Abella nos remite a la creación de personajes singulares, a una escritura cincelada a buril con la que atrapa y envuelve al lector . Abella ha recurrido
a la yuxtaposición de las narraciones y ha elegido una de ellas para la titulación del libro. El autor construye una literatura de imaginación crítica que explora las pulsiones íntimas del ser humano, sus deseos, sus frustraciones, lo misterioso e inexplicable de nuestras vidas. Para Abella estos relatos son un espacio discursivo, cercano a la reflexión sobre el ser humano y su situación en el mundo; un modo de indagación de las zonas misteriosas y ocultas de la vida. El escritor dirige su mirada a la interioridad y a la intimidad del individuo. Son relatos intimistas en su mayoría, que tratan de desvelar la personalidad, las inseguridades, los miedos, las inquietudes y los anhelos insatisfechos de una galería de tipos únicos.
Los relatos son de muy variada índole, naturaleza y temática; hay un grupo que tratan de situaciones existenciales problemáticas en relación con la sociedad : la de un hombre que sufre el dolor de vivir en el borde de la existencia, invisible para los demás, como una parte del mobiliario urbano o del paisaje, y que cuando es visto como un ser humano y no como una cosa, él mismo se humaniza (El contratiempo).
En Palomas carnívoras el azar une los destinos de un mago y de un médico que siente el malestar de su desengaño vital y profesional, en el escenario de un teatro de pueblo que misteriosamente adquiere la dimensión de bosque sacrificial.
"Procurad olvidarme pronto" y "la región más piadosa de la memoria es el olvido" pertenecen a Unas pocas palabras verdaderas y nos revelan la vida de dos hermanas y su relación sentimental con un hombre : el amor, la traición, el engaño, el dolor, la culpa…
Abella es un creador de personajes complejos, difíciles, inconformistas, con muchas aristas: el solitario panadero jubilado, que comienza a fabricar en el salón de su casa una maqueta de Segovia, a escala y con miga de pan; el abuelo que escribe la Biblia cada noche porque la única salvación está en las palabras que son nuestra memoria y que son más duraderas que las piedras de la catedral de Juan, el cantero. Para el abuelo el no tener palabras, el final de las palabras significa caer en la desmemoria , en la amnesia de no saber quién somos, es perder la conciencia de uno mismo. Son personajes de la estirpe de Don Quijote, quijotes venidos a menos en una sociedad de ideales degradados, pero que se aferran a su utopía de una manera obsesiva, cercana a la locura.
Hay otros relatos de naturaleza fantástica en los que aparecen elementos extraños, inexplicables y misteriosos que nos producen incertidumbre y perplejidad. Alma errante y La ciudad sumergida rebosan riqueza imaginativa, talento narrativo y humor con elementos paródicos. El humor es una constante en muchas páginas de Abella, una fina ironía que se destila, sin ser notada apenas, en la caracterización de algunos personajes, en la descripción de ambientes y situaciones….Hay dosis de humor y de ironía en los dos relatos que tratan de textos robados, que de principio a fin son un juego para el autor, que invita a su implicación al lector inteligente con sus provocaciones y sus guiños cómplices.



EL METODO de selección de los relatos que integran Una tierra mansa de Ignacio Sanz ha sido el de la coordinación, coordinación temática, espacial, social y temporal. En efecto, los relatos nos remiten a una tierra, la de pinares, y en concreto a Valdepinos desde 1970 hasta 1997 y focalizados en una clase social : los habitantes de esos pueblos castellanos en trance de quiebra y desaparición, gentes humildes que arrastran su soledad, su ignorancia, su dolor y su hambre. Los relatos son un testimonio social que reflejan, mejor que un estudio de sociología, el estado crítico de esa clase de personas socialmente percibidos. El autor utiliza con frecuencia el uniparlamento para dar voz a esos seres.
Gerad Genette acuñó en 1972 el término narratario para denominar al destinatario interno de la narración, a la persona a quien cuenta el narrador, que no siempre es el autor. Por ejemplo, en El lazarillo de Tormes el narrador es el propio Lázaro y el narratario es vuestra merced, a quien el pícaro expone sus fortunas y adversidades.
Pues bien, Ignacio Sanz utiliza este recurso en varios de sus relatos. En Vendedores de Biblias la narradora es la criada y el narratario es su señorita en Madrid. El autor consigue de esta manera el autorretrato de la criada y el retrato de su novio Toñín y de sus dos amigos y de su aperreada vida en Valdepinos, que han abandonado para buscar trabajo en la ciudad.
El uniparlamento del marido de la Aguedita es autorretrato del marido consentidor de su deshonra, con su reiterada petición de que se retire de su antiguo oficio, al tiempo que es la etopeya y justificación de los motivos de la mujer para seguir con sus trajines en el pueblo.
Hasta siete relatos son deudores de esta formula narrativa muy apropiada en manos de Ignacio Sanz.
El frontón es un alarde de economía cuentística. Una breve narración da paso al duro interrogatorio del Flequillos por parte de un guardia civil en el cuartel. A través del diálogo, de sus contestaciones, se levanta la recia personalidad de este mozo con suficiente casta y agallas para afirmar su dignidad ante el maltrato del guardia. El inesperado movimiento de solidaridad del pueblo para con el detenido propicia un desenlace en el que el ganador del tanto es el Flequillos.
La elección, por parte del autor, de los personajes de estos relatos implica una apuesta moral :son los desheredados , los humildes, los retrasados como Tadeo, que lleva más de treinta años siendo el chico de los recados, doblemente oprimido por el señorito y por su padre. El autor nunca se pone por encima de sus criaturas, sentimos su mirada compasiva y, aún más, su empatía con ellos, es decir su capacidad de comprensión, de ponerse dentro de su conciencia.
Son habitantes de una tierra mansa, dócil, resignada y apática, inmune a la rebeldía, que mira con indiferencia cómo su mundo se desmorona y se quiebra; pueblos de una Castilla flagelada y muda a los que Ignacio Sanz ha dado voz.

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