BAJO LA NOCHE INMENSA

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Con demasiada frecuencia, en la soledad de nuestra isla, cuando la noche es más densa y los sueños más livianos, nos acechan temores prietos, largas dudas, preguntas sin más respuesta que su silencio de hielo.

¿Hacia dónde conduce tanto esfuerzo? ¿Llegarán a otras playas y a otros corazones los mensajes de las botellas que lanzamos al mar? ¿Podremos sobrevivir en esta isla donde nada se regala?

Nadie lo sabe.

Sólo sabemos que cada pequeño logro supone días enteros de trabajo (aunque en eso, bien mirado, nada se diferencia nuestra isla del resto del mundo). También sabemos que resistir es la única opción, lo que convierte en estériles a todas las preguntas.

Resistir. Resistir o dejarse arrastrar por una ola sin retorno al cementerio del mar.

Alguien, para levantar nuestros corazones, ha recordado el poema de José Luis Hidalgo que prometimos transcribir hace unos días. Se trata, sin duda, de un hermoso poema. Pero es mucho más para quienes tratamos de sobrevivir en esta isla: es un conjuro contra el desaliento, un hierro de fuego que marca en nuestros corazones el camino a seguir:

Ningún tesoro es comparable al tesoro de estar vivos.

Es falso algo que antes dijimos, o que dijo el cansancio en nuestras bocas. En esta isla y en este mundo casi todo es un regalo, al menos casi todo lo importante. Siempre, desde niños, se nos ha engañado al identificar lo valioso con lo escaso... ¿Hay algo más valioso que el aire que respiramos? Respiremos pues bajo la inmensa noche, respiremos con el corazón esponjado hasta beberse las estrellas.


"ASÍ ME IRÉ AFIRMANDO"

Bajo la inmensa noche soy un inmenso SÍ.
Soy un inmenso SÍ que confirma su vida,
un SÍ que palpita o afirmación rotunda
de que soy, de que existo y moro sobre la tierra.
Bajo la negra noche, bajo el cielo profundo,
bajo el cuerno azulenco erizado de las estrellas
me siento transcurrir como un solo latido
que estremece en el aire su coraza temblante.

Yo llevo aquí la vida.

Esta vida que encierra como una mano el mundo,
la vida o subterránea corriente de clamores
que baja hacia la tierra como serpiente viva
o se eleva cantando de amor hacia la luna.
¿No la sentís?
Es la savia del mundo que pasa por mi cuerpo,
la corriente que gira, cegor inagotable,
voz de retorno eterno por un mismo camino.
SÍ, SÍ, siento que me confirmo,
porque soy para el mundo causa de su presencia.



                       José Luis Hidalgo (1919-1947)

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